24/03/2026
Therian o la verdad de las máscaras.
Desde hace unos días se desató una polémica sobre los therian con algunas indignaciones potenciadas en las redes (como suele suceder en estos tiempos, teniendo en cuenta que esta práctica nació en la época de los noventa del siglo pasado) . En relación a los comportamientos hay diferentes intensidades en las maneras de vivir una experiencia. Una cosa es perder la identidad creyéndose zorro o lobo mordiendo piernas de seres humanos por doquier pensando que son patas, confundiendo la fantasía con la realidad (cosa que en nuestro país está sucediendo desde un gobierno que vende espejos de colores sin ningún resultado frente a la aprobación de una mayoría importante) y otra es una especie de sintonía con algo que nos produce empatía. El psicólogo social Enrique Pichón Riviére fue claro en esta cuestión de salud mental: la diferencia entre la locura y la cordura radica, en un estado de salud relativa( el que no tenga cuotas de neurosis que tire la primera piedra), en ir y venir a por ese umbral, como ocurre en el arte, el juego y los rituales.
Una patología estaría dada cuando no encontramos caminos de regreso a la realidad.
Si pensamos el acto en un contexto de memoria histórica, los pueblos originarios usaban máscaras de animales creyendo que adquirían sus poderes para la cacería; en estos días está ocurriendo las ceremonia del desentierro del diablo en el norte de nuestra patria, donde un diablo, al fin más bueno que malo, festeja la fertilidad de la tierra, saliendo de ella para permitirnos la bebida, el juego y las travesuras.
Recordando a Freud y el malestar de la cultura, no parecería tan loco querer identificarse con animales (el término therian proviene de la cultura griega, tratándose de una criatura salvaje asociada a la naturaleza y a la ferocidad) frente a un mundo donde los seres humanos , dejamos mucho que desear produciendo angustias y ansiedades a diestras y siniestras, masacrando niñas y niños en Gaza, invadiendo soberanías de países a través de misiles para apoderarse del petróleo, bloqueando naciones por no estar de acuerdo con sus políticas para producir pobreza y desatención, dejando un desierto de miseria donde ni un medicamento de afuera puede llegar para atender a alguna persona que lo precise. Más allá de las opiniones personales en un mundo cada vez más neurótico, donde contactos de las redes sociales se convierten en amigos mientras nos sacamos fotos a nosotros mismos buscando la aprobación de los demás a cualquier precio, donde la Inteligencia Artificial realiza ensaladas y ya no sabemos qué es real y qué no, donde se vota para que las niñas y los niños vayan a la cárcel cuanto antes y haya que ir a laburar estando enfermos; el comportamiento de tribu con sus rituales de pertenencia muy común en jóvenes no debería sorprendernos tanto, una necesidad más en el teatro del mundo. Sí en cambio las actitudes de odio que nunca faltan, bien en sintonía con estos nuevos paradigmas.
Intolerantes tendiéndole trampas a cuerpos decididos a volverse a encontrar en un convivio de acción performática, para agredirlos y lincharlos aprovechando la desaprobación social previa.
La escritora Susan Sontag hablaba de las máscaras como superación del yo, mientras Oscar Wilde sostenía que una máscara vale más que una cara.
¿Quién podrá sostener salud mental en esta sociedad alienada?
¿Por qué sorprendernos de seres que busquen en lo animal un poco de paz en un universo cada vez más deshumanizado?
¿Qué nos estará queriendo decir la juventud, hoy en día?
¿De cuántas maneras estarán pidiéndonos ayuda?
La ilustración pertenece al libro "Timidón, el rey de las máscaras", publicado en AZ Editora.