16/03/2026
LA BRUJERÍA TRADICIONAL, NO ES LO QUE TE CUENTAN
En los rincones umbríos de la historia, las palabras mal usadas pueden actuar como espejos deformantes. Hoy, muchos pronuncian el término "brujería tradicional" para referirse a las sombras proyectadas por las hogueras medievales, pero esa etiqueta es una trampa de la memoria.
Llamar "tradicional" a lo que ocurrió en la “Edad Media” (en realidad la época de la inquisición española va desde el 1.478 (finales de la edad media) hasta el año 1.834), es validar el guion de sus verdugos. La brujería que conocemos por los libros de historia (la gran mayoría basados en las actas de la inquisición), nació en las mesas de los escribas de la Inquisición. Lo que hoy leemos en las actas no es el relato de una práctica real, sino una construcción literaria y judicial diseñada para extirpar toda creencia y magia que no perteneciera a la nueva fe. El "sabbat", era la confesión arrancada bajo el potro de tormento para encajar en la mitología del mal que la Iglesia necesitaba para hacerse fuerte.
La verdadera brujería, la que late en la historia real, no es una creación medieval. Ella es la heredera del paganismo, creencias y prácticas que sobrevivieron en los márgenes de la nueva fe. Es la mujer que recordaba el nombre de las hierbas, la que interpretaba el vuelo de los pájaros y la que mantenía vivos los ritos de la fertilidad y la tierra cuando el mundo decidió olvidarlos. Su "brujería" era, en esencia, una resistencia silenciosa: la persistencia de las antiguas creencias que se negaban a morir frente al avance forzado de la uniformidad religiosa.
Por tanto, confundir la brujería real con las actas inquisitoriales es darle la victoria al inquisidor. Lo tradicional no es el mito macabro del medievo, sino esa raíz pagana indomable que, aunque fue renombrada y perseguida, nunca perteneció al tribunal, sino a la brujería real.
Es vital comprender que lo que hoy se etiqueta erróneamente como tradicional es, en realidad, la brujería sabática nacida de las mentes perturbadas de los inquisidores. Al aceptar ese relato, perpetuamos una mentira histórica: la de una práctica diabólica que nunca existió fuera de las salas de tortura, ignorando que la verdadera esencia de la bruja es la herencia de una sabiduría antigua y natural que el dogma cristiano intentó, sin éxito, sepultar bajo la violencia y miedo. ZeltíaALobaMeiga@