18/01/2026
Antonio Banderas recuerda aquellos días en Madrid como una época de hambre y de incertidumbre, donde cada jornada era una prueba de resistencia. “Yo me había hecho amigo de un chico que servía en la barra del Teatro María Guerrero, y ese chico me regalaba todas las noches un bocadillo de jamón con queso y un quinto de cerveza”, cuenta. Ese gesto de amistad se convirtió en su única comida durante semanas: “Hubo una época que era lo único que comía, eso era lo que comía”.
La precariedad era tal que dormía en un sofá prestado, con un muelle en medio que le obligaba a acomodarse alrededor para poder descansar. “Tanto me acostumbré a esquivar ese resorte que cuando finalmente me fui a una pensión que tenía una cama normal yo seguí respetando el muelle”, recuerda con ironía. La vida parecía empujarlo a rendirse. “Yo pensé: me voy a Málaga, ya lo he intentado, puedo dar clases a niños, que era lo que yo hacía en Málaga, clases de arte dramático, y ya está”. Incluso había comprado el billete de tren de regreso.
Pero aquella noche, al salir del teatro, ocurrió el instante que cambiaría su destino. Se cruzó con Alicia Moreno, hija de Núria Espert, que trabajaba en la administración del teatro. “Me quedé parado unos segundos, y volví a entrar. Me fui a la barra y le dije: ‘Me llamo José Antonio Domínguez Bandera, ¿qué hay que hacer pa trabajar en el Centro Dramático Nacional?’”. Alicia le pidió un teléfono de contacto. “Le dije: no tengo, pero tengo una amiga que tiene un teléfono. Y en una servilleta le apunté el número”.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó. Su amiga le avisó que lo habían llamado del Centro Dramático Nacional para que fuera a leer. Corrió a toda velocidad, hizo la prueba y todo salió bien. Pero la respuesta tardaba en llegar, y su situación era insostenible: no tenía dinero para pagar la pensión. En esos días, España vivió el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados. Mientras el país se debatía entre democracia y dictadura, Banderas se debatía entre rendirse o insistir.
Cuando finalmente lo llamaron de nuevo, él fue claro: “Necesito que me den una respuesta, ya no puedo aguantar más”. Le pidieron dos días. Al leer el texto de prueba, le dijeron: “Empezamos ensayos en dos semanas”. La obra era *La hija del aire* de Calderón de la Barca, dirigida por Luis Pasqual. Y allí, en ese escenario, ocurrió otro encuentro decisivo. “Vino a verme un señor que mostró interés en mi trabajo. Ese señor era Pedro Almodóvar”. Poco después, Almodóvar lo invitó a participar en *Laberinto de pasiones* (1982), inicio de una colaboración que lo catapultó al cine y, más tarde, a Hollywood.
Hoy, Banderas reflexiona sobre ese instante con gratitud y lucidez: “Si yo aquella noche no me detengo mientras salía del Centro Dramático y me regreso con valentía a preguntar cómo podría trabajar ahí, simplemente esta historia no existiría”.