05/03/2026
Siendo hija de una arteterapeuta y de un artista, siempre tuve muy claro que no es lo mismo.
Un artista no pinta solo por gusto. Tiene algo que decir al mundo. Su obra va hacia afuera. Está hecha para ser vista.
En arteterapia es al revés.
La obra no es para el público. Es para uno mismo. Va hacia adentro.
Aunque usamos los mismos materiales — pintura, papel, color — el fin es completamente distinto. Y entender esto relaja muchísimo. Porque en arteterapia no tienes que “hacer arte”. No tienes que impresionar a nadie.
Eso da una libertad enorme.
Y aunque no siempre es fácil de sostener, en arteterapia no importa si el resultado te gusta o no. Lo importante es que te conectes con tu imagen. Que sientas curiosidad. Que te atrevas a probar algo nuevo.
Solo así pueden surgir nuevas ideas. Nuevas perspectivas. Nuevas posibilidades internas.
Mi madre, Bettina Egger, cuando le preguntaban si ella también pintaba, solía responder:
“Yo no pinto, yo hago que la otra persona pinte.”
Si estás pensando en formarte como arteterapeuta porque te gusta el arte, quizás hay una pregunta importante que hacerte:
¿Quiero pintar yo?
¿O quiero hacer que otros pinten?