Centro de Servicios Psicológicos María Jiménez

Centro de Servicios Psicológicos María Jiménez "De todas mis credenciales como psicóloga, la más significativa es mi afiliación a la raza humana." Lori Gottlieb

23/02/2026

A comienzos de los años 60, cuando se esperaba que la vida privada de las mujeres quedara oculta y obediente, Sherri Finkbine se convirtió en un pararrayos nacional simplemente por decir la verdad.

Conocida por los niños de Phoenix como “Miss Sherri” en Romper Room, era la imagen de la maternidad impecable en televisión: serena, tranquilizadora y digna de confianza para las familias. Fuera de cámaras, también era una mujer real, con cuatro hijos, un embarazo deseado y una receta médica pensada para aliviar las náuseas del embarazo. Esa receta era talidomida, un fármaco que no estaba aprobado para su venta en Estados Unidos, pero que circulaba en programas de prueba, y cuyo riesgo de provocar malformaciones graves todavía no era comprendido por la mayoría.

Cuando Finkbine supo que esa medicación podía causar deformidades severas —extremidades ausentes, daños en órganos, una vida marcada por el sufrimiento— tomó una decisión nacida del cuidado, la responsabilidad y el miedo materno. Buscó un ab**to para evitar que un bebé naciera con dolor irreversible. En otra época o en otro país, esa decisión quizá habría quedado en privado. En Estados Unidos, en 1962, se volvió un espectáculo público.

La ley de Arizona le negó el procedimiento. Y, cuando la noticia se difundió, la reacción llegó de golpe. Patrocinadores se retiraron. Llegaron cartas furiosas. Líderes religiosos la condenaron. Desconocidos debatieron su moralidad como si fuera propiedad pública. Su trabajo —construido sobre la imagen de la madre ideal— se desmoronó en cuanto actuó como una madre real ante una elección imposible.

Desesperada y con el tiempo en contra, Finkbine viajó a Suecia, donde las autoridades médicas reconocieron la realidad clínica y autorizaron el procedimiento. Regresó a casa tras hacer lo que creía necesario… y pagó el precio. Su carrera televisiva nunca se recuperó. Dejó de ser una persona para convertirse en un símbolo, utilizado por políticos, iglesias y medios para discutir el ab**to sin poner en el centro a la mujer que lo estaba viviendo.

Lo que volvió su caso tan inquietante no fue el escándalo ni el secreto, sino la honestidad. No se escondió. Habló con claridad. Dijo en voz alta lo que tantas mujeres pensaban y se les prohibía decir: que el amor también puede incluir la misericordia, y que la maternidad a veces implica elegir la prevención antes que el sufrimiento. Al hacerlo, obligó al país a mirar de frente una verdad para la que no estaba preparado: que esas decisiones ya se tomaban, con o sin permiso.

Mucho antes de Roe contra Wade, la experiencia de Sherri Finkbine dejó al descubierto lo rápido que la sociedad castigaba a una mujer por priorizar la realidad médica por encima del teatro moral. Su historia no trata solo del ab**to. Trata de lo que ocurre cuando la compasión de una mujer choca con leyes escritas sin ella en mente… y de cómo el coraje, una vez mostrado, no puede borrarse del todo, incluso cuando intentan empujar fuera de foco a la mujer que lo mostró.

Fuente: Embryo Project Encyclopedia, Arizona State University ("Sherri Chessen (1932– )", 10 de julio de 2025)

23/02/2026

En 1970, si una mujer llegaba a urgencias después de haber sido violada, el personal se movía rápido. Le cortaban la ropa. Le lavaban la sangre de la piel. Le limpiaban las heridas, le retiraban restos del cabello, suturaban, tomaban muestras, estabilizaban.

Le salvaban la vida.

Y en esa misma hora eficiente, destruían el caso.

La ropa que contenía fibras y semen se tiraba junto con la basura hospitalaria. Las uñas, que podían haber guardado células de piel, se limpiaban a fondo. Los hematomas se registraban solo como lesiones, no como patrones de violencia. Cuando llegaba la policía, a menudo ya no quedaba nada: una mujer en shock y un informe destinado a morir en silencio dentro de un archivo.

Nadie pretendía hacer daño. A las enfermeras se les enseñaba a curar, no a pensar como investigadoras. La medicina de urgencias se centraba en detener hemorragias y prevenir infecciones. La justicia se consideraba asunto de otra persona.

Pero no lo era.

Era asunto de la sobreviviente.

Virginia Lynch era una enfermera que vio lo que otros ya habían normalizado. Creció en una cultura que trataba la violencia sexual como algo vergonzoso, privado, mejor no mirar de cerca. En urgencias, observó el mismo patrón repetirse. Una mujer llegaba agredida. El personal hacía lo que le habían enseñado. Horas después, la policía pedía pruebas que ya no existían.

Los fiscales rechazaban casos. Los abogados defensores desarmaban la poca documentación disponible. A las sobrevivientes les quedaba un mensaje silencioso y corrosivo: si no se puede probar, quizá no pasó.

Lynch entendió algo radical para su época: los hospitales no eran espacios neutrales. Eran el primer cruce entre el trauma y la rendición de cuentas. Si las pruebas desaparecían allí, la justicia casi nunca llegaba.

Cuando empezó a preguntar por qué las enfermeras no estaban formadas para preservar evidencia forense, la resistencia fue inmediata. Algunos médicos decían que la enfermería era cuidado, no delito. Las fuerzas del orden dudaban de que una enfermera pudiera manejar la cadena de custodia. Los administradores temían demandas y daños a la reputación. Debajo de todo había una incomodidad más profunda: tomar en serio las agresiones sexuales obligaba a admitir lo comunes que eran.

Pero Lynch siguió.

Empezó a diseñar protocolos que no obligaran a elegir entre sanar y documentar. La ropa podía preservarse sin retrasar el tratamiento. Las lesiones podían fotografiarse con respeto. Las muestras podían tomarse con consentimiento. Se podían escribir notas detalladas con un lenguaje que resistiera en un tribunal. La evidencia podía asegurarse sin convertir a la sobreviviente en un objeto.

Ella veía a las enfermeras de un modo distinto. Ya estaban allí primero. Veían las lesiones antes de que se borraran. Escuchaban la historia antes de que se endureciera en una declaración formal. Tenían la confianza de las pacientes en momentos en que la presencia de un uniforme podía cerrar la puerta.

Si se formaba bien a las enfermeras, podían proteger el cuerpo y la verdad de lo ocurrido.

De esa insistencia nació un nuevo campo: la enfermería forense. Con el tiempo, se formalizó el papel de la SANE. Estas enfermeras aprendieron a recolectar evidencia, entrevistar con enfoque informado por el trauma, declarar ante tribunales y documentar con una precisión extrema. Se convirtieron en el puente entre la medicina y el sistema legal.

En los hospitales que adoptaron estos programas, la diferencia se notó. La evidencia se preservaba mejor. Los casos llegaban más sólidos. En muchos lugares, los procesos avanzaban con más fuerza. Las sobrevivientes decían sentirse creídas en lugar de simplemente atendidas. No era tecnología espectacular. Era intención, estructura y formación.

A principios de los años noventa, la enfermería forense empezó a recibir reconocimiento formal; y en 1995 se consolidó como especialidad. Los tribunales aceptaron a enfermeras forenses como peritas. Las escuelas de enfermería abrieron programas de formación. Lo que antes se descartaba como una intromisión se volvió parte del estándar de atención.

Virginia Lynch no se convirtió en un nombre de portada. Su trabajo no se presta a titulares. Ocurre en silencio a las tres de la mañana, cuando alguien entra temblando a una sala de examen, con vergüenza y miedo. Ocurre en una documentación cuidadosa que quizá no se use durante meses, pero que importará enormemente si se necesita. Ocurre cuando una enfermera dice, con calma: “Tienes opciones”, y lo dice de verdad.

Lo que ella cambió fue sutil, pero profundo. Interrumpió un sistema que, sin querer, revictimizaba a las sobrevivientes. Se negó a aceptar que las buenas intenciones justificaran malos resultados. Insistió en que sanar y exigir rendición de cuentas no son fuerzas opuestas, sino inseparables.

Hoy, miles de enfermeras forenses trabajan en Estados Unidos y más allá. No solo atienden a sobrevivientes de agresión sexual, sino también casos de abuso infantil, maltrato a personas mayores, violencia doméstica y trata de personas. El principio sigue siendo el mismo: se puede tratar una lesión y proteger la evidencia al mismo tiempo. Se puede creer a alguien y documentar su historia con rigor. Se puede preservar la dignidad y preservar la verdad.

Fuente: National Center for Biotechnology Information ("Evolution of Forensic Nursing Theory—Introduction to the Constructed Theory of Forensic Nursing Care: A Middle-Range Theory", 2020)

30/01/2026

"No revisas porque te preocupas. Revisas porque no confías. Y eso tu hijo lo sabe."

El mensaje no es “me importas”.
El mensaje es: “no creo en ti, así que te voy a vigilar.”
Y no hay vínculo sano que crezca en medio de la desconfianza.

¿Cómo esperas que tu hijo confíe en ti si tú lo tratas como si estuviera ocultando algo todo el tiempo?
Control no es amor. Invasión no es protección.

Y cuando encuentras algo que no te gusta, ¿lo hablas… o lo usas como prueba para castigar?
¿Realmente estás criando para que tu hijo aprenda, o para que tema ser descubierto?

No es tu derecho. Es su límite. Y lo estás cruzando.
No necesitas saber cada pensamiento, cada mensaje, cada paso.
Necesitas construir una relación donde tu hijo quiera contártelo.
Y eso no se logra espiando. Se logra respetando.




30/01/2026
"El ciclo menstrual es una parte de la sexualidad silenciado e invisibilizado. Nuestra cultura occidental no sólo no nos...
30/01/2026

"El ciclo menstrual es una parte de la sexualidad silenciado e invisibilizado. Nuestra cultura occidental no sólo no nos da herramientas para entender y aprender a vivir con él, sino que lo niega, simplemente no existe y el ciclo queda reducido a la molesta y ojalá evitable menstruación."

En la charla de Toñi Rodríguez , sobre nutrición, salud y bienestar en el climaterio.

Organizado por la Casa de las Mujeres de Avilés.

́nsaludable

09/01/2026

Millones de personas mirando. El reloj corriendo en cuenta regresiva. Y su sueño a punto de romperse... por una tapa atascada.

Ocurrió en la final de MasterChef Brasil 2014. Elisa Fernandes estaba cocinando el plato de su vida. Todo iba bien. Hasta que agarró el frasco. Intentó girarlo. Nada. Usó un trapo. Nada. Sus manos sudaban. El pánico empezó a nublarle la vista. El tiempo se acababa y, sin ese ingrediente, perdía la competencia.

En ese momento de caos absoluto, Elisa hizo lo que hacemos todos cuando el mundo se nos viene encima. Buscó a su lugar seguro.

Corrió hacia la barandilla donde estaba el público. No miró a las cámaras. No pidió ayuda a los jueces (estaba prohibido). Le estiró el frasco a un hombre de pelo canoso que la miraba con ternura. Su papá.

No se dijeron una sola palabra. No hizo falta. Él tomó el frasco. Con esa calma que solo tienen los padres cuando sus hijos tienen miedo. Hizo fuerza. Click. El sonido de la salvación.

Se lo devolvió suavemente. Sin gestos de "apúrate". Sin reproches. Solo una mirada que decía: "Ya está, hija. Sigue".

Elisa volvió a su estación. Terminó el plato. Y esa noche, ganó MasterChef.

Levantó el trofeo, sí. Pero la imagen que se quedó grabada en el corazón de Brasil no fue la del premio. Fue la de una mujer adulta, talentosa y exitosa, que por un segundo volvió a ser una niña pequeña que necesitaba que su papá le abriera un frasco.

Porque no importa cuántos títulos ganes, ni cuán lejos llegues. A veces, frente a los problemas que no podemos abrir solos, lo único que necesitamos es esa mano fuerte que nos dice: "Tranquilo, yo te ayudo".

08/01/2026
08/01/2026
08/01/2026
Todos hemos sido Toby en algún momento.
08/01/2026

Todos hemos sido Toby en algún momento.

Nadie dijo una palabra. Nadie apagó la música. Nadie recogió los platos. Pero la fiesta se acabó. Y todo fue por él.

Ocurrió en Córdoba, en una casa llena de ruido, risas y confeti. Eran las 3:00 a.m. del primero de enero. La euforia de las doce uvas ya había pasado. El brindis también. Pero las visitas… las visitas seguían ahí.

“Una copita más”. “Pone otra canción”. La charla interminable.

Toby, un perrito de cinco años, llevaba horas siendo el anfitrión perfecto. Había movido la cola. Había aceptado caricias de desconocidos. Había soportado el ruido de los cohetes con valentía.

Pero Toby tiene un límite. Y esa noche, su batería social llegó a cero.

De repente, se levantó del suelo. Sin ladrar. Sin gruñir. Caminó lentamente hacia la escalera, subió tres escalones y se sentó. Desde esa altura, tenía la vista perfecta de toda la sala.

Y entonces, lo hizo.

Empezó a clavar la mirada en cada uno de los invitados. Uno por uno. No era una mirada de odio. Era algo peor. Era una mirada de juicio profundo.

Sus ojos decían: “Te quiero, pero vete”. Decían: “Ya comiste, ya bailaste… ¿no tienes casa?”.

Uno de los invitados sacó el celular y grabó el momento. Toby no parpadeaba. Su cara de seriedad absoluta contrastaba con los gorritos de fiesta torcidos de los humanos. Era la imagen viva del agotamiento social.

El video se hizo viral en minutos. Millones de personas compartieron la imagen, no por el perro, sino por el mensaje.

Toby se convirtió en el héroe de todos los introvertidos. De todos los que aman a sus amigos, pero aman más a su pijama. De los que disfrutan la fiesta, pero cuentan los minutos para volver al silencio.

Esa noche, los invitados entendieron la indirecta. Poco a poco, las chaquetas aparecieron. Los abrazos de despedida se dieron. Y cuando la puerta se cerró tras el último amigo, Toby suspiró, bajó la escalera y se durmió en el sofá.

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