09/01/2026
A veces, en las relaciones, nos pasa algo muy común: empezamos a ceder más de lo que podemos, a dar más de lo que tenemos y a colocar toda nuestra energía en sostener el vínculo. Sin darnos cuenta, ponemos el centro fuera de nosotros, como si la relación fuese el único mundo que existe… olvidando que también está mi mundo, con mis necesidades, y tu mundo, con las tuyas.
Cuando volcamos constantemente todo en la relación, es fácil que empecemos a sentir que no recibimos lo mismo a cambio. Y ese vacío, esa sensación de que damos más de lo que vuelve, es muy difícil de llenar desde fuera. Porque, en el fondo, lo que estamos haciendo es ofrecer sin medida, esperando que la otra persona nos elija, nos valore o nos quiera un poco más.
Es un juego peligroso. Un juego que desgasta, que desbalancea, que nos coloca en un lugar donde dejamos de escucharnos. Y cuando dejamos de escucharnos, también dejamos de colocarnos límites, dejamos de habitar el vínculo de forma presente, y empezamos a dar a la relación sin estar en ella.
Y así es como comienzan los desequilibrios emocionales, la sensación de agotamiento, e incluso las rupturas: no porque falte amor, sino porque nos hemos ido alejando de nosotros mismos mientras intentábamos sostener todo lo demás.
Elegirnos no es abandonar la relación.
Poner límites no es distanciarnos.
Es recordar que para estar bien con el otro, primero tenemos que estar bien con nosotros.