11/11/2021
Hace un mes hice mi primer retiro de 10 días de meditación Vipassana. Igual de duro, igual de hermoso.
Diez horas al día de meditación sentada en el suelo con el menor movimiento posible, fue duro.
Cada hora de meditación el Gong sonaba para indicar que podíamos descansar unos minutos.
Había horas de meditación en las que sólo pensaba: "que suene el Gong, que suene el Gong... Cuando suene dejaré de sufrir, cuando suene estaré bien"
Mi felicidad y bienestar no dependían de mí, dependían del sonido del Gong.
Y así es nuestra vida, o al menos la mía. Otorgamos a los demás, a los objetos, a las circunstancias externas, al futuro, al pasado, a lo de fuera, a lo que no somos nosotros, nuestra felicidad.
Decidí pasar de él, mirar mi dolor y mi incomodidad y no pelearme con ellas, aceptarlas y confiar que se irían, porque como dice la ley de la impermanencia budista "nada permanece, todo surge y desaparece".
Os aseguro que todo cambió.
El Gong va a sonar cuando tenga que sonar, ni un segundo antes ni un segundo después, pero eso ya no lo espero ansiosamente.
Mi felicidad y bienestar sólo dependen de mí y mi manera de actuar ante la realidad que sucede (aunque a veces se me olvide)
Foto: Centro de Vipassana Dhamma Sacca, Candeleda. Ávila
(Metta para todos)