14/05/2026
Hoy en terapia, Anna hablaba de su jefa.
Hablaba de esa sensación constante de estar bajo juicio, bajo vigilancia.
De cómo, haga lo que haga, siempre parece haber algo incorrecto:
algo a corregir,
algo insuficiente,
algo que podría haberse hecho mejor.
Esta semana, recibió un mensaje que decía:
“Mañana hablamos del trabajo.”
Y aunque aparentemente era un mensaje simple, Anna entro en asiedad y se tensó de inmediato.
Porque cuando una persona vive durante mucho tiempo bajo una mirada crítica,
el sistema nervioso deja de relajarse y vive en alerta.
Empieza a anticipar.
A vigilar.
A estar pendiente del tono, de la mirada, de los gestos,de cualquier señal que confirme que vuelve a estar “mal”.
Y durante la sesión apareció algo importante:
La dureza de esa mirada no empezó con Anna.
Anna simplemente entró en una dinámica que esa persona ya traía consigo.
Porque hay personas que viven mirando el mundo desde la exigencia,
el control,
la crítica
o la insatisfacción constante.
Y cuando no han revisado su propia historia,
sin darse cuenta, terminan haciendo sentir insuficientes a quienes tienen cerca:
la pareja,
los hijos,
los compañeros,
los equipos.
Ahí Anna pudo empezar a preguntarse algo distinto:
“¿Cuánto tiempo llevo intentando demostrar mi valor dentro de una mirada que ya era crítica antes de conocerme?”
Porque a veces creemos que el juicio del otro habla de nosotros…
hasta que comprendemos
que su patrón de relación empezó mucho antes de conocernos.
Seguimos…