20/01/2026
“El Jardín de las Tres Puertas”
Había una vez un hombre sabio, aunque no se sentía tal. Cansado de sus remordimientos y dolores, decidió subir la colina donde se decía que vivía un anciano ermitaño que guardaba las llaves del alma.
Al llegar, el anciano lo recibió en silencio y lo condujo a un jardín interior, donde tres puertas de madera se alzaban una junto a la otra.
—Cada una de estas puertas representa una forma del perdón —dijo el anciano—. Debes cruzarlas en orden para hallar la paz.
El hombre abrió la primera. Allí, vio escenas de su vida donde había sido herido: traiciones, humillaciones, rechazos. Al principio su corazón se endureció, pero al quedarse quieto, comenzó a ver los rostros detrás de los actos, las historias no dichas, los dolores ajenos. Comprendió que muchos hieren porque están heridos. Y soltó. Lloró. Perdonó. Al cerrar la puerta, una brisa tibia lo acarició.
La segunda puerta reveló lo contrario: momentos donde él había herido. Rostros que lo miraban con decepción o tristeza. Sintió vergüenza. Pero no huyó. Se arrodilló y, desde lo más hondo, dijo “Lo siento” con el alma entera. Entonces, las figuras sonrieron y se desvanecieron como humo al viento. Al salir, sintió que una carga desaparecía de su espalda.
Finalmente, abrió la tercera puerta. No había nadie. Solo un espejo. Se vio a sí mismo: joven, viejo, niño, en sombra y en luz. Vio sus errores, sus intentos, sus caídas, sus actos de amor. Y por primera vez, no se juzgó. Se abrazó. Se dijo: “Te perdono por no haber sabido antes lo que ahora comprendes.” Y el espejo se volvió transparente, mostrando un jardín florido detrás.
El anciano lo esperaba allí.
—¿Y ahora? —preguntó el hombre.
—Ahora vuelve. El jardín ya vive en ti. Cada vez que lo necesites, recuerda las tres puertas. Y cruza.
Y así bajó de la colina, más liviano, más humano, más libre.