21/01/2026
Hoy te quiero compartir algo personal.
Durante mucho tiempo negué ser femenina. La idea de una “feminidad extrema” me horripilaba. Para mí, ser femenina significaba: gustar, cuidar en exceso, dedicar horas al cuerpo y a la imagen, ocupar poco espacio. No me sentía ahí. Y tampoco me interesaban los temas a los que muchas “chicas prototípicas” parecían darles importancia.
En contraposición, me llevaba muy bien con los hombres. Había algo en la energía masculina que me acogía con los brazos abiertos. Me ofrecía estructura, dirección, claridad, sencillez. Y, sobre todo, me alejaba de esa feminidad que yo creía que era la única posible.
¿Sabes qué pasó durante todo ese tiempo?
Que mi energía masculina creció mucho. Y la femenina, quedó relegada. Estaba negando una parte esencial de mí (la primera energía que debería habitar de forma natural al ser mujer) porque pensaba que solo existía una manera de ser femenina.
Con los años empecé a reconciliarme con la feminidad desde otro lugar: la que lucha por la igualdad, la que reclama derechos, la que se posiciona. Y eso me ayudó. Pero tampoco terminaba de sentirse completo. Hoy creo que muchas veces la llamada “feminidad moderna” se esconde detrás del poder, la fuerza y la lucha constante. Y aunque necesaria, sigue siendo masculinidad enmascarada.
Lo que de verdad me abrió la puerta fue otra cosa. La compasión, la vulnerabilidad, romper el “yo soy fuerte” y el “yo puedo con todo” Ahí empecé a entrar de lleno en mi energía femenina. Avalorarla. Y, sobre todo, a darle mi propia forma.
Hoy no entiendo la energía femenina como suavidad constante.
La entiendo como el océano. A veces es calma. A veces es profundidad. A veces es marea suave…y a veces es fuerza que arrasa. Con millones de matices, con movimiento propio. Y hoy sé algo importante: no soy solo femenina ni solo masculina. Soy una persona completa que aprende a escuchar su cuerpo y a elegir, con conciencia, qué energía necesita activar en cada momento. Eso, para mí, es poder. Y también es hogar 🌊