09/01/2026
🎬 LA MUJER QUE EMPEZÓ A ENTRENARSE PARA SALIR AL ESCENARIO
En un mundo donde las mujeres se sostienen por los pelos, los tuppers, y el amor mal disimulado...
…una mujer decidió colgar una barra en la puerta y no preguntar si eso era normal. Era enero. Era martes. Era el día de Reyes. Y estaba a punto de comenzar… la función.
La mujer, aún aturdida por los restos del roscón y las emociones envueltas en celofán, abrió la puerta de casa y se topó con la escena:
– Una barra de dominadas taladrada en el marco,
– Dos pesas que antes vivían en el armario de las cosas que no se usan,
– Y unas zapatillas con plataforma que gritaban: "no estamos aquí para la comodidad, cariño, estamos aquí para la altura emocional".
Tuqui, desde el fondo del pasillo, con turbante de toalla y actitud de regidora teatral, dijo:
—Hoy no se descansa. Hoy se entrena para no desaparecer.
Muqui aparcó el todoterreno Chopita en doble fila, bajó con una bolsa de deporte que olía a incienso místico y gritó desde el portal:
—¡Luto me ha pedido luces estroboscópicas! ¿Dónde está el enchufe del destino?
La mujer, sin quitarse el pijama de seda en colores dignos de documental sobre aves tropicales, se puso de puntillas con las zapatillas imposibles y trató de alcanzar la barra. El cuerpo crujió como si tuviera opiniones.
Sombra encendió el altavoz.
Playlist: "Transformación cuántica para mujeres cansadas pero dramáticas".
Primer tema: una versión trance de “Color Esperanza” mezclada con cuencos tibetanos y frases tipo “Confía en tu proceso”.
Zumo hizo una entrada triunfal por la cocina, con la cola erguida y una cinta adhesiva pegada en la pata. Se subió al sofá y empezó a maullar al ritmo.
Miga, inspirada por el caos, desplegó una coreografía con papel de seda, purpurina de velas y cinta de embalar. Había drag queens menos equipadas.
Luto, desde lo alto del mueble, con gafas de sol y mirada de productor exigente, maulló una sola vez. El maullido decía: "Acción."
Y entonces, sin público, sin programa de mano, sin saber si estaba empezando una rutina o una revolución doméstica, la mujer se colgó de la barra.
No subió. Pero se sostuvo. Una mujer suspendida entre el suelo y el techo. Entre la risa y el desmayo. Entre el no puedo y el… bueno, venga, va.
La función había empezado. Y nadie estaba listo, pero todo el mundo —humano o felino— sabía que no había vuelta atrás y que esa noche, con incienso quemándose, playlist absurda y zapatillas en modo plataforma existencial, el escenario era suyo.
¿Continuará? Obviamente.
Pero primero hay que estirar.
- Mara Acosta (colgada emocionalmente, pero con glamour)