05/03/2026
Proliferan por aquí y por otras redes una especie de coaches que repiten el mantra de “si lo sueñas, lo conseguirás” o "si trabajas duro, será tuyo". Y eso, digámoslo claramente, es un nido de frustraciones, una fábrica de ciudadanos frustrados. Esos vendedores de mantas hablan desde su atalaya, con su micro perfectamente ajustado, dirigiéndose a los fieles que aspiran a conquistar sus sueños desde la inocencia, y les repiten que basta con desearlo con fuerza, visualizarlo, repetirlo frente al espejo como si la vida fuera una pizarra obediente. Ja.
Estaría bien que, en lugar de decir semejante sandez, usaran ese tiempo en hablar de la frustración. En decir claramente que no pasa nada por no conseguir los sueños. Que en el camino está la vida. Que no siempre se alcanza lo que uno tiene en mente. Que es mejor aspirar alto, sí, pero con los pies en el suelo. Por si acaso. POR SI ACASO.
Porque en la vida muchas veces cumplir un sueño depende de otros factores: de dónde vives, de dónde vienes, de a quién conoces, del momento histórico que te toca, del dinero que tienes —o no tienes—, y del famoso golpe de suerte que nunca aparece en los manuales de autoayuda.
Hay talento que se queda sin escaparate. Muchos autores me dicen en la librería: "es que no me aceptan el borrador, no lo quieren". La realidad es que hay esfuerzo que no encuentra puerta. Y también es verdad que hay personas que trabajan el doble y reciben la mitad.
Pero no, es mucho más fácil vender la épica que la realidad. Mucho más rentable prometer cimas que explicar los barrancos. Mucho más seductor decir “todo depende de ti” -¡ja ja ja!- que reconocer que el mundo no es un tablero justo y que no todos empezamos en la misma casilla.
Lo verdaderamente cruel es que cuando el sueño no se cumple, la culpa recae como una tormenta de granizo sobre quien soñó. No lo deseaste lo suficiente, te sueltan. No lo visualizaste con la intensidad correcta, añaden. Sieeeeempre hay una excusa que convierte la ilusión en reproche. Vino a Buñol, lo recuerdo bien, uno de esos "vendedores de mantas" (no digo mantras, digo mantas) y repitió eso: si lo sueñas... Y encima se atrevió a decir que cuando no ha ido bien es que no se soñó lo suficientemente bien. Venga ya. Dile a Marifé o a Jose Luis, que ha fracasado con su peluquería o su tienda, que el traspaso que cuelga ahora en la persiana es encima culpa de la falta de sueños que tuvo.
Yo prefiero otra narrativa. Prefiero decir: sueña, claro que sí. Sueña grande. Pero trabaja. Aprende. Escucha. Equivócate. Y acepta que a veces no se llega a todo. Y que no llegar no te convierte en fracaso. Te convierte en humano.
La vida no es un catálogo de metas cumplidas. Es un trayecto. Es la conversación y el disfrute mientras caminas. Es la dignidad con la que asumes lo que no fue, que se acabó, que no funciona. Y es sobre todo la capacidad de reformular el sueño cuando la realidad te obliga a hacerlo.
Soñar está bien.
Creer en uno mismo, también.
Pero aceptar los límites, entender el contexto y abrazar la incertidumbre… eso es madurez.
Y esa no se vende en ninguna manta.