17/01/2026
Que poco cuesta quedar bien. Soy de esos.
Ahora le llaman ser sincero a soltar algo desagradable cuando nadie se lo ha pedido. Es que soy sincero, dicen. Tranquilo, querido, prefiero que seas diplomático.
La sinceridad no es una coartada para la brusquedad ni una medalla que se cuelga quien no ha pasado por el filtro mínimo de la empatía. Decirlo todo, siempre, sin cuidar el cómo ni el cuándo, no es valentía: es pereza emocional. La diplomacia, en cambio, exige un pequeño esfuerzo —pensar en el otro, medir el contexto, elegir las palabras— y quizá por eso escasea.
Hay verdades que no necesitan ser dichas y otras que, si lo son, agradecen un envoltorio decente. No para engañar, sino para no herir de balde. La vida ya se encarga de lo suyo como para añadirle comentarios innecesarios en nombre de una supuesta autenticidad.
Quedar bien, a veces, es simplemente ser amable. Y la amabilidad no resta verdad: la hace habitable.
Uno ya sabe que está gordo, que está mayor, que tiene canas, que tiene ojeras. No necesita que le digas qué poco has dormido, tienes cara de cansado. No. No lo necesita.
Qué delgado estás, ¿te pasa algo?, me preguntaron el otro día aquí. ¿Qué podía decir? Si me pasara algo importante la pregunta era impertinente. Decir por ejemplo: Sí, tengo depresión. Sí, tengo una enfermedad. Sí, me estoy asfixiando con un problema del hogar. Sí, tengo un niño con problemas. Sí, a mi hija le han detectado un tumor.
O quizá no: quizá simplemente estoy viviendo. Que ya es bastante. Quizá he comido peor, he dormido menos, he pensado demasiado. Quizá el cuerpo va por delante de las explicaciones y no tiene por qué rendir cuentas en cada esquina. No todo cambio es una confesión pendiente ni toda pregunta merece respuesta.
Hay observaciones que no ayudan, solo colocan al otro frente a un espejo que no ha pedido. Como si no nos miráramos cada mañana, como si no lleváramos el inventario de nuestras grietas perfectamente aprendido. Señalar lo evidente no es preocuparse; a veces es solo invadir.
Si de verdad importa alguien, se nota de otra manera. En un ¿cómo estás? dicho sin prisa. En un silencio que no incomoda. En no exigir explicaciones. En entender que hay días en los que uno solo quiere pasar desapercibido, ser cuerpo y no diagnóstico, estar y ya.
Porque bastante cuesta sostenerse como para, además, tener que tranquilizar a los demás.
No seamos sinceros, seamos educados.
Una mentira a tiempo es una caricia que evita una herida, una forma discreta de cuidar al otro sin convertirlo en campo de batalla. No todo merece verdad desnuda; hay verdades que ganan cuando se quedan en silencio.
Ser educado no es falsear la realidad, es elegir no usarla como arma. Es saber que el mundo no necesita más golpes gratuitos, sino pequeños gestos que alivien el peso del día. A veces, callar es una forma superior de honestidad.
Y casi siempre, la buena educación es la manera más elegante de querer.