25/11/2025
A veces he intentado que alguien viera el mundo desde mis ojos, desde mi propio despertar. Quise que entendiera mis cambios, mis comprensiones, mis certezas nuevas. Pero el tiempo —que siempre pone todo en su sitio— me enseñó algo que necesitaba aprender: no puedo acelerar el proceso interno de nadie.
Cada persona despierta cuando le toca, no cuando yo quiero.
Hay caminos que no se pueden empujar, solo acompañar. Hay almas que necesitan su propio ritmo para abrir los ojos, para sanar, para ver lo que antes no podían ver. No se trata de convencer, ni de iluminar a otro con nuestra luz. Se trata de respetar el viaje ajeno, aunque vaya más lento, aunque se desvíe, aunque duela mirar desde afuera.
El tiempo adecuado no falla. Y mientras llega, lo único que podemos hacer es amar sin imponer, sostener sin cargar, y confiar en que, cuando esa persona esté lista —de verdad lista— también iniciará su propio despertar.
No antes. No después. Cuando le toque.