02/02/2026
Muchas de nosotras no dejamos de ser nosotras mismas de golpe.
Lo hicimos poco a poco.
Primero escondiendo un gusto.
Luego una opinión.
Después una forma de vestir, de hablar, de sentir.
Y un día, sin darnos cuenta,
ya no sabíamos quiénes éramos sin la mirada del otro.
En la adolescencia, encajar no es un capricho.
Es una necesidad biológica y emocional.
El cerebro adolescente busca pertenencia porque la pertenencia garantiza supervivencia.
Y cuando el miedo al rechazo aparece,
entra en escena una voz interna que dice:
“Adáptate. No destaques. No te arriesgues.”
Esa voz —en mi caso, Doña Perfecta—
no venía a hacerme daño.
Venía a protegerme.
El problema es que esa protección
se construyó a costa de apagarme.
Muchas mujeres adultas siguen viviendo con esa máscara.
En el trabajo.
En la maternidad.
En sus relaciones.
No porque no sepan quiénes son,
sino porque aprendieron demasiado pronto
que ser ellas mismas no siempre era seguro.
Pregúntate esto (y respóndete con honestidad):
¿Qué parte de mí empecé a esconder para gustar… y aún no he recuperado?
Si esta pregunta te ha tocado, deja un corazón.
Y acompáñame en el próximo episodio,
porque cuando Doña Perfecta empezó a opinar sobre mi cuerpo…
la cosa se puso seria.