05/02/2026
Tu oído no es solo un sentido.
Es una puerta.
Todo lo que escuchas entra sin pedir permiso: palabras, juicios, miedos, quejas, profecías ajenas. Algunas llegan suaves, otras se repiten tanto que un día dejan de sonar externas y empiezan a hablar desde dentro.
Por eso se dice que el oído es un útero.
Porque gesta.
Lo que permites que se repita en tu entorno —lo que toleras, lo que consumes, lo que escuchas mientras dices “no pasa nada”— empieza a tomar forma en tu interior. Primero como idea. Luego como emoción. Después como decisión. Y finalmente como realidad.
Muchas veces no estamos viviendo nuestra vida, sino la consecuencia de haber escuchado demasiado tiempo voces que no eran nuestras.
“Así es la vida.”
“No se puede.”
“Eso no es para ti.”
“Mejor no intentes.”
Nada de eso nace en ti.
Se aprende escuchando.
El problema no es oír.
El problema es no filtrar.
Así como cuidas lo que comes, también deberías cuidar lo que entra por tus oídos. Porque hay palabras que nutren… y hay palabras que intoxican lentamente. Hay conversaciones que expanden tu energía, y otras que, sin darte cuenta, te encogen.
Escuchar es un acto creativo.
Cada sonido que permites quedarse está sembrando algo.
Por eso elige con conciencia a quién escuchas cuando estás cansado, vulnerable o soñando algo nuevo. Elige qué música te acompaña. Qué discursos normalizas. Qué voces dejas hacer nido en tu mente.
No todo merece ser gestado.
No todo merece nacer en tu realidad.
Rodéate de palabras que te recuerden quién eres, no de voces que te expliquen por qué no puedes serlo. Busca sonidos que eleven, silencios que sanen y conversaciones que te devuelvan al centro.
Porque tarde o temprano,
tu vida hablará el idioma de lo que escuchaste durante años.
Y entonces entenderás que escuchar…
también es crear.