19/03/2026
Hoy se celebra el día del padre en España, es un buen día para que los hombres revisemos nuestra manera de ser padres.
Desde el machismo, los hombres decimos que amamos a nuestros hijos. Pero lo que entendemos por amor muchas veces no es amor, es control, es provisión, es exigencia, es distancia emocional disfrazada de responsabilidad.
Nos enseñaron que ser padre era trabajar, sostener económicamente y “hacer lo correcto”. Pero nadie nos enseñó a mirar, a escuchar, a validar, a estar de verdad. Y entonces crecimos creyendo que cumplir era suficiente, sin darnos cuenta de que nuestros hijos no necesitan solo un proveedor, necesitan un vínculo.
Desde el machismo, amar se vuelve condicional. Se ama cuando el hijo obedece, cuando rinde, cuando no molesta. Y eso no es amor, es una forma de domesticar. Es convertir a nuestros hijos en extensiones de nuestro ego, en lugar de acompañarlos a ser quienes son.
Desde el machismo también aprendimos a estar ausentes sin darnos cuenta. A estar en casa pero no estar disponibles. A minimizar emociones. A incomodarnos frente a la vulnerabilidad. Y todo eso deja marcas. Marcas silenciosas, pero profundas.
La verdad es incómoda: desde el machismo no podemos ser buenos padres. Porque al elegir ser machistas, nos desconectamos, nos endurecemos, nos volvemos funcionales pero no presentes, responsables pero no disponibles emocionalmente.
Ser padre de verdad exige romper con eso. Exige cuestionarnos, incomodarnos, revisar lo que aprendimos y atrevernos a hacer algo distinto.
Porque no basta con amarlos. Tienen que poder sentirlo.