21/11/2020
EL MIEDO A LAS SENSACIONES CORPORALES
La mayor parte de los profesionales de la psicoterapia estamos familiarizados con aquellos pacientes a los que alguna de sus sensaciones corporales (extrasístoles ventriculares, sensación de dificultad para respirar, sensaciones de desmayo, entre otras) les están trayendo problemas psicológicos, fundamentalmente en forma de una intensa angustia, a su vez generadora de sensaciones corporales aversivas.
Recientemente, una situación vivida en primera persona me ha permitido ahondar en los mecanismos fisiológicos y psicológicos que se ponen en marcha en un contexto en el que las sensaciones corporales son interpretadas como una amenaza, como una señal de inminente catástrofe, de que algo muy malo está pasando.
Hace escasas semanas me diagnosticaron un pequeño tumor benigno en una de las válvulas coronarias, diagnóstico acompañado de la recomendación de someterme a una cirugía cardiaca, ya que la pequeña masa que se ha formado podría desprenderse causándome un serio problema de salud, a saber, un infarto de corazón o un ictus.
Para hacer más sencilla mi exposición, tendré en cuenta únicamente tres clases de procesos que entran en juego interactuando: 1) La sensación corporal. 2) La respuesta del sistema nervioso autónomo. 2) La respuesta desde las funciones de orden superior, en principio, más susceptibles de someterse al control consciente.
Durante los días posteriores al diagnóstico, pude experimentar cómo a ciertas sensaciones corporales, por ejemplo, un pinchazo en el pecho, por leve que fuera, le seguía una intensa respuesta vasovagal (sensación de pérdida de fuerza y de desmayo inminente). Dada la escasísima latencia de la respuesta vasovagal, la sensación subjetiva era que tanto el pinchazo en el pecho como el desmayo forman parte de una misma cosa, que, como ya imaginaréis, codifiqué en términos similares a “¡Joder, me está dando el infarto!”
En un contexto de amenaza a la salud como este es lo más probable que empecemos a estar más pendientes de nuestras sensaciones corporales en un intento de controlar la situación. Con toda nuestra buena voluntad nos habremos propuesto controlar que no nos dé un infarto. El resultado: que nuestros mecanismos autónomos de detección de amenazas (neurocepción) detecten un número mucho más elevado de ellas en nuestras sensaciones corporales.
Como bien sabemos, el sistema nervioso autónomo puede responder ante una amenaza por medio de la activación de la rama simpática que facilitará una respuesta enérgica en forma de ataque o huida, o por medio de la activación de la rama parasimpática dorsal (teoría polivagal) que facilitará la parálisis. Como resulta evidente, en contextos amenazantes como estos la respuesta va a ser, sí o sí, parasimpática; ¿qué sentido tendría atacar o huir de una amenaza de muerte inminente que nos ataca desde el interior del propio cuerpo?
Dado que ni las sensaciones corporales ni las respuestas del sistema nervioso autónomo están directamente sujetas a nuestro control, no nos queda otra que centrar en la respuesta de orden superior todos nuestros esfuerzos por mejorar la situación.
Lo que debemos tener claro es que este plus de control, tan bienintencionado como inútil, no solo no mejora las cosas, sino que las empeora. También debemos tener muy en cuenta que a partir de un momento puede ser la propia respuesta vasovagal de defensa la que se convierta en sensación corporal amenazante que querremos evitar.
¿Qué podemos hacer entonces?
1. Aprender de la experiencia: después de haber vivido la situación un número de veces podemos aprender que el pinchazo o el pinchazo + desmayo no significa infarto. Esto a veces no es tan fácil, sobre todo si la sensación corporal es muy intensa, ya que la asociación con el suceso catastrófico será mucho más fuerte
2. Elaborar un plan confiable: es importante que nuestros mecanismos de control se centren en donde sí pueden actuar para mejorar la situación: programar la atención médica, disminuir la intensidad de la actividad física, control de estímulos a los que nos vamos a exponer, por ejemplo.
3. Derreflexión (estar menos pendientes). En principio, será inevitable que orientemos nuestra atención hacia la amenaza, hacia las sensaciones corporales, con el consiguiente estrechamiento del campo de conciencia, que puede llegar al extremo de que solo nos preocupe qué está pasando en nuestro cuerpo. Como decimos, esta es una respuesta defensiva bienintencionada, ya que trata de protegernos del peligro inminente, pero que empeorará las cosas, por lo que puede ayudar poner nuestra intención en estar menos pendientes de nuestro cuerpo, lo que será más fácil de hacer si desarrollamos una cierta confianza en él, en nuestro plan de acción y en los profesionales que nos atiendan o, incluso, desdramatizando, quitándole importancia, al evento catastrófico que nuestras sensaciones corporales nos anuncian, en último extremo, la muerte.