02/05/2023
Carla se precipitó desde un acantilado de Gijón a los catorce años de edad. Estudiaba en el colegio Santo Ángel de la Guarda en el patio del cual sus compañeros de clase la llamaban bizca, boll*** y la bañaban con aguas fecales.
Topacio, un ojo para allí y otro para el espacio.
Carla tenía estrabismo en el ojo derecho y se lo tapaba con el fleco. Había confesado cierto gusto por chicos y por chicas. Le gustaba Pablo Alborán y quería ser médico. También cantaba por lo bajito. Eso era en su casa, claro, en el colegio era la virola. Así, aguantó año tras año a que esos chicos y chicas misericordiosos se apiadaran de sus diferencias. Esperando que en algún momento alguien se percatara que lo que estaba sucediendo no tenía por qué estar sucediendo. Nadie hizo nada.
Carla se levantó una mañana, se vistió, llegó al bordé y saltó.
Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería.
Pienso en ella, en que tal vez fantaseó con un primer beso bajo un cielo masticado de estrellado en verano y en la orilla y en las hogueras. Pienso que tal vez nunca probó los pistachos, no fue a Venecia, no vio a Pablo Alborán cantar en directo, no llegó a comprarse aquellas zapatillas fucsias tan chulas. Tal vez no acabó de leer el último libro de la trilogía de Divergente y no sabe lo que sucede con Tris. Pienso, tal vez, en ese libro, en la mesilla, doblando la esquina en la página 199, para seguir, para continuar después. Y en su madre, ya sin hija, desdoblando esa esquina y colocando el libro en la estantería.
Ella se llamaba Carla y ya no está en el mundo porque hay un mundo empeñado en que encajemos, en dominar, en el poder.
Hacer la vida más fácil, eso es el amor.
Hacerlo, a pesar de todo.
A pesar de todos.
900 018 018 es el teléfono contra el acoso escolar del Ministerio de Educación y Formación Profesional.