30/04/2026
La historia de Mario
En abril de 1991 y tras 15 años en el mundo de las dr**as, ingresé en Betel.
A los 16 años conocí las dr**as. Tras muchas vicisitudes y varios trabajos, terminé en la calle. Mi padre murió y mi madre tuvo que quitarme las llaves de mi casa porque ya no me quedaba mucho que robar. Mi hermana ya había mu**to por causa de una sobredosis. Tras vagar 5 años por las calles de Madrid conociendo el mundo de la delincuencia y tras un par de intentos de rehabilitación, llegué a Betel.
A los seis meses de ingresar tuve una experiencia que me ayudó a entender que Dios era todo lo que necesitaba. Cuando se presentó la oportunidad de comenzar una casa de Betel en Alemania, me ofrecí. Allí conocí a mi esposa Lina, misionera de Amistad de Xalapa, México, nos casamos y nació nuestro hijo Josua.
Tras seis años decidimos dejar Alemania para partir a Rusia y comenzar Betel allí.
Desde Rusia abrimos centros en cuatro ciudades, y además en Kazajistán y Ucrania. Después de 9 años, tuvimos que salir de Rusia y decidimos comenzar Betel en el país más cercano, Finlandia, y más tarde comenzamos también Betel en Estonia.
Vivimos en Finlandia desde hace más de 18 años. Aquí estudió y se casó nuestro hijo con una preciosa finlandesa.
Echando la vista atrás, solo puedo decir que Dios ha estado siempre con nosotros.
Lina
Yo soy mexicana, mis padres siempre nos guiaron a creer en Dios, ya de joven estando en la Universidad tuve mucha inquietud de conocer ese Dios, hasta que un día recibí el llamado a las misiones.
Había oído de Betel al empezar mi caminar en la fe en Jesucristo, a través de un misionero que hablaba de todo lo que estaba pasando en la comunidad de Betel: vidas desahuciadas llegando a la fe y rescatando a miles de personas marginadas por las dr**as, ese misionero fue Armando García.
Betel ya tenía 10 años cuando llegué a Madrid el 6 de enero de 1996 con un gran deseo de servir. Era el auge en las misiones; el tiempo idóneo de Dios para extenderse fuera de España. Y fue en las misiones, en Alemania, donde conocí a mi esposo Mario, y ya llevamos 28 años juntos.
Más tarde partimos hacia Rusia, donde vivimos tiempos muy intensos y vimos la cobertura y respuesta de Dios a nuestro llamado y el fruto de nuestro trabajo. Por motivos ajenos a nosotros tuvimos que salir de allí y fuimos a Finlandia.
Tras estos años de recorrido, el resumen de lo aprendido es que la necesidad del hombre es la misma en todos lados: ser libres y conocer a Dios.