20/01/2026
Por desgracia, en demasiadas ocasiones las promesas se convierten en una prolongación de la mentira que nos lleva directo a la decepción.
No porque prometer sea en sí algo negativo, sino porque hemos aprendido a usar la palabra como anestesia para calmar, para ganar tiempo, para evitar conflictos o para quedar bien. Prometemos cuando no estamos dispuestos a sostener lo que decimos con hechos, y ahí empieza el problema.
Una promesa vacía no solo rompe la confianza con la otra persona, también desgasta nuestra propia credibilidad interna, pues cada vez que decimos “ya cambiaré”, “mañana lo hago” o “esta vez sí”, sin intención real de actuar, vamos entrenándonos en la incoherencia. Y la incoherencia, aunque al principio parezca cómoda, termina pasando factura en forma de frustración, enfado y distancia emocional.
En las relaciones, las promesas incumplidas pesan más que los errores porque el error puede repararse, pero la expectativa rota deja una herida silenciosa, la sensación de haber creído en alguien que no estaba donde decía estar. Por eso, a veces, es más sano decir “no puedo” que prometer “lo intentaré” sin compromiso real.
Quizá el verdadero acto de honestidad no sea prometer más, sino aprender a prometer menos y cumplir mejor. Porque la confianza no se construye con palabras bonitas, sino con actos repetidos que, día a día, demuestran que lo que se dice y lo que se hace caminan en la misma dirección.
¿Cuántas promesas siguen pesando en tu vida tanto como la decepción?
Buen día amigas/os, ya estamos en marcha por nuestros sueños.
▶👌 Les invito a conocer mi centro de psicología y terapias online y presencial en Madrid https://ismaeldoradopsicologo.com/