27/03/2026
El caso de Noelia debería hacer reflexionar a la sociedad en su conjunto. No en el sentido de si tiene derecho o no a decidir el momento y la forma de morir, en paz y sin sufrimiento, sino en la realidad del maltrato infantil y cómo este altera la capacidad defensiva de quienes lo sufren. En el caso de Noelia, las agresiones sexuales, de difícil superación en una personalidad equilibrada con mecanismos de defensa adaptativos, las secuelas que le dejó su previa historia personal durante su infancia y adolescencia la dejaron sin ningún tipo de defensa funcional, sin recursos psicológicos suficientes para afrontar un trauma como es la agresión sexual. Y todo esto sin contar con los agravantes de la reincidencia, la falta de apoyo real del padre, incluso su aparente rivalidad con la hija (“has ganado, eh; te has salido con la tuya”).
Afortunadamente, la realidad jurídica ha permitido hacer efectivo su deseo de no seguir sufriendo. Socialmente queda muchísimo trabajo por hacer. Estos niños rotos se enfrentan a la vida de adultos sin los recursos personales necesarios para afrontar los desafíos que la vida les plantea. Incluso aquellos que son resilientes y consiguen sobrevivir llevan múltiples cicatrices que no siempre se cierran del todo y siempre con un grandísimo esfuerzo.
El caso de Noelia es un caso flagrante del camino que queda todavía por recorrer para proteger a los niños, muchas veces de su propio entorno familiar. Lo mismo puede decirse de la protección necesaria para las mujeres.