17/05/2025
El día que comencé a amarme,
mi cuerpo se liberó… y tuve que aprender a darle espacio, tiempo, sostén y comprensión para hacerlo.
No fue fácil.
Ser testigo de un cuerpo rígido, que duele hasta la extenuación, que te detiene, que se siente tan cansado que incluso abrir los ojos cuesta… duele.
Pero cuando llevas conciencia a lo que está sucediendo, cuando dejas de huir y comienzas a escuchar, algo cambia.
El cuerpo no grita por castigo, grita por atención.
Y ahí entendí que no se trataba de luchar contra él, sino de rendirme ante él.
No desde la derrota, sino desde el amor.
La lucha, el enfado, la ira, el resentimiento… sobran.
Lo único que el cuerpo necesita para sanar es presencia, compasión y permiso para volver a casa.