03/02/2026
Son muchos los ejemplos de personajes que llegaron lejos después de recibir comentarios que ponían en duda su valía o su talento. A Ed Sheeran, por ejemplo, le dijeron durante años que cantaba mal y que no tenía una voz especial. A Elvis Presley, tras una de sus primeras actuaciones, un profesor le dijo que no tenía futuro como cantante. Incluso Ludwig van Beethoven fue considerado por algunos de sus maestros como poco dotado para la composición. Por suerte, ninguno dio esas palabras por definitivas y siguieron adelante.
Que alguien nos diga que no valemos, que eso no es para nosotros o que no vamos a llegar a nada puede calarnos hondo, sobre todo si viene de alguien importante o cuya opinión pesa para nosotros. Y es que las palabras no solo sirven para comunicarnos, entendernos o vincularnos: también pueden condicionarnos más de lo que creemos.
El problema no suele ser tanto lo que nos dicen como lo que hacemos con eso después. Cuando convertimos un “todavía no me sale bien” en un “esto no es para mí”, corremos el riesgo de rendirnos antes de tiempo y dejar de intentarlo sin habernos dado margen para aprender o mejorar.
Esto no significa que no cometamos errores. Equivocarse forma parte de cualquier proceso. El riesgo está en confundir un fallo con una definición personal y una dificultad puntual con una supuesta incapacidad.
Y del mismo modo, cuando somos nosotros quienes opinamos, incluso con la mejor intención, conviene ir con prudencia. Ser cuidadosos con lo que decimos no es censurarnos, es asumir responsabilidad sobre el impacto de nuestras palabras. Porque, versionando un proverbio árabe, si lo que vamos a decir no es más bello que el silencio, quizá sea mejor callar.
Viñeta: 72kilos