26/10/2025
En la crianza y en la educación solemos temer la frustración. Intentamos evitarla, distraerla o resolverla rápido. Pero cuando hacemos eso, sin querer, privamos a los niños y niñas de una de las experiencias más potentes para su desarrollo emocional: aprender que las emociones difíciles también se pueden habitar con apoyo.
🌈 Validar una emoción no significa justificar cualquier conducta, sino reconocer que lo que una persona siente tiene un sentido, incluso cuando la expresión de esa emoción es intensa, inesperada o distinta de lo que esperamos. Validar es decir con la mirada, con la voz o con un pictograma: “te entiendo, tiene sentido que te sientas así”.
🧩 En los momentos de desregulación, lo que un niño o niña necesita no es más exigencia, sino presencia calmada, voz segura y límites consistentes. Desde ahí, el adulto se convierte en un espejo regulador: los niños no aprenden a calmarse porque se les diga “tranquilízate”, sino porque observan cómo nosotros gestionamos nuestras propias emociones.
💬 La frustración no es el enemigo. A través de ella, las infancias aprenden a:
• Practicar la autorregulación emocional,
• Tolerar la incomodidad,
• Desarrollar resiliencia y confianza en sí mismas.
Y esto solo ocurre cuando hay un entorno que acompaña sin invalidar, sostiene sin sobreproteger y pone límites sin humillar.
✨ En el paradigma de la neurodiversidad, entendemos que cada persona procesa, siente y expresa sus emociones de forma diferente.
No todas las infancias regulan igual, ni todas las expresiones emocionales son visibles del mismo modo. Por eso, acompañar desde la empatía exige escuchar más allá de las palabras: a veces la comunicación llega con gestos, con silencios, con apoyos visuales o con un dispositivo CAA.
Acompañar es ayudar a crecer con apoyo, recordando que lo importante no es eliminar la emoción, sino ofrecer un espacio seguro donde pueda ser comprendida y transformada.
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