22/11/2025
*Hay quienes caminan por el mundo como si sus pasos pesaran más que los ajenos*
Miran por encima del hombro, no porque estén más altos, sino porque temen mirar al mismo nivel. Creen que su título, su cargo o su discurso les otorga una altura que en realidad no sienten por dentro. Y entonces infravaloran al otro, lo reducen, lo empequeñecen… como si achicar al mundo fuera una forma de ensancharse.
Desde el psicoanálisis, el complejo de superioridad suele nacer de una herida temprana: una inseguridad no tramitada, una vivencia de insuficiencia, un eco antiguo que dice “no valgo lo suficiente”. Para acallarlo, el sujeto levanta un personaje grandioso, rígido, brillante por fuera y frágil por dentro. Se protege en la altura porque el llano le recuerda lo que teme ver: su propia vulnerabilidad.
Quien vive en esa postura orgullosa siente un vacío constante: necesita confirmación, necesita que el otro quede un escalón más abajo para sostener su fantasía de grandeza. Y por eso menosprecia, ironiza, mide, clasifica. Es su modo de no derrumbarse.
Pero en los demás, lo que produce es distancia. Un cansancio silencioso. Una sensación de ser vistos, pero no reconocidos. Porque nadie florece bajo una mirada que aplasta.
Al final, no somos más que lo que llevamos dentro: la manera en que tratamos al otro, el modo en que nos conmovemos, la capacidad de reconocer la igualdad esencial que nos une.
La verdadera altura no se impone: se encarna. Y quien realmente la tiene nunca necesita mirar desde arriba.
Mª Dolores Mora Ros
Psicóloga Sanitaria-Psicoanalista
Consulta de Psicología Mª Dolores Mora Ros.