05/01/2026
Crecí en una familia donde se discutía constantemente pero nadie se iba.
Y, sin que nadie me lo dijera, aprendí algo muy profundo: que quedarse era lo correcto.
Que irse era fallar.
Que aguantar era amar.
Aprendí que los gritos eran normales.
Que el dolor era parte del vínculo.
Que si había sufrimiento, entonces había amor.
Así empecé a confundir intensidad con conexión.
Conflicto con compromiso.
Y permanencia con lealtad.
Durante mucho tiempo me quedé donde dolía.
No porque no supiera que algo estaba mal,
sino porque irme me despertaba culpa.
Porque nadie me enseñó nunca que protegerme no es traicionar.
Hoy veo como ese aprendizaje marcó mi manera de relacionarme.
La dificultad para poner límites.
La tendencia a callarme.
La parálisis cuando debería defenderme.
El miedo a irme incluso cuando quedarme era una forma de autoabandono.
Y he tenido que aprender-con mucha reeducación emocional- que el conflicto no es amor.
Que la intensidad no es intimidad.
Que el sufrimiento no es prueba del vínculo.
Romper este patrón no ha sido fácil.
Ha implicado cuestionar lealtades invisibles.
Sostener la culpa sin volver atrás.
Y elegir, una y otra vez, no quedarme donde me pierdo.
Hoy sé que quedarse por miedo no es amor.
Es una herida intentando sobrevivir.
Y también sé que se puede aprender otra forma de vincularse.
Más segura.
Más honesta.
Más viva.
¿A ti también te enseñaron que aguantar era amar?