23/02/2026
Hay territorios del cuerpo que obligan a pensar más despacio.
El área cérvico-cráneo-mandibular es uno de ellos.
Aquí los síntomas no siempre siguen el mapa clásico.
Un dolor facial puede no explicarse solo desde la articulación temporomandibular.
Un mareo puede no tener una causa vestibular aislada.
Un acúfeno puede fluctuar sin lesión auditiva estructural evidente.
Algunas cefaleas están influidas por cómo interactúan las aferencias cervicales altas con el sistema trigeminal.
En este territorio convergen sistemas que comparten vías y modulación: trigémino, cervical alta, integración vestibular, control oculomotor y regulación autonómica.
Cuando se influyen entre sí, la clínica se vuelve menos lineal y más desafiante.
Por eso el abordaje no puede ser reduccionista.
Se trata de comprender cómo se está organizando ese sistema en esa persona concreta.
Y, a partir de ahí, diseñar un proceso que combine trabajo manual específico, ejercicio terapéutico cervical y mandibular, reentrenamiento sensorimotor, exposición progresiva y educación en dolor.
No es un campo simple.
Pero cuando el razonamiento es preciso y el proceso está bien diseñado, los cambios llegan.
Y sí, se celebran.