09/01/2026
𝑵𝒐 𝒕𝒐𝒅𝒐 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒎𝒑𝒊𝒆𝒛𝒂 𝒕𝒊𝒆𝒏𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆𝒓𝒍𝒐 𝒄𝒐𝒏 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒛𝒂.
Hay una idea muy extendida de que los comienzos —y especialmente los de enero— deberían venir acompañados de energía, claridad y motivación.
Como si empezar bien significara empezar fuerte. Salir. Avanzar. Decidir rápido.
Pero no siempre es así.
A veces empezamos cansados. Confundidos.
Todavía recogiendo lo que quedó abierto.
Y eso también es un comienzo válido.
𝐄𝐦𝐩𝐞𝐳𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐦𝐩𝐞𝐳𝐚𝐫 𝐦𝐚𝐥.
Es empezar escuchando dónde estás, qué puedes sostener ahora y qué necesitas de verdad.
Mirar el espacio que se abre delante sin necesidad de atravesarlo todavía.
Sentir si este es el ritmo.
Escuchar qué pide el cuerpo antes de dar el paso.
Es empezar con presencia, con respeto por el momento vital en el que estás.
Sin prisas.
Sin exigencias añadidas.
A veces, el verdadero inicio no está en la fuerza ni en avanzar...
sino en 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫.
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