15/01/2026
Cuando el aire cambia
La amenaza no llega de golpe.
Se anuncia antes en el cuerpo que en los hechos.
Empieza como un cambio en el aire. Las visitas se espacian. Las miradas se alargan más de lo necesario. Hay preguntas que no se formulan del todo, pero que pesan. Ya no vienen solo a pedir ayuda: vienen a observar.
Lo notamos primero nosotras.
Las mujeres sabemos cuándo algo se rompe antes de romperse. Los animales se inquietan. El monte guarda silencio. Incluso los mensajes que escucho llegan con una densidad distinta, como si atravesaran un velo más espeso.
Yo sigo escuchando.
Pero ahora, junto a cada certeza, aparece una advertencia. No es miedo exactamente. Es una urgencia contenida. Como si el tiempo empezara a cerrarse.
Se habla de nosotras en la aldea.
No lo escucho directamente, pero lo sé. Siempre lo sé. Las palabras cambian: ya no dicen “las mujeres del monte”, dicen “ellas”. Y en ese pronombre empieza la separación.
Mi hija, Sara, lo percibe sin entenderlo.
Se acerca más a mí. Duerme inquieta. A veces despierta llorando sin recordar el sueño. Yo la abrazo y no le explico nada. Hay cosas que aún no deben ser dichas.
Los hombres también lo sienten.
Uno de ellos —el que prestará su voz— empieza a hablar más bajo. El otro mira hacia los caminos con demasiada frecuencia. Saben que algo se organiza lejos de nosotras, en espacios donde no somos bienvenidas.
No es todavía persecución.
Es algo más sutil: una decisión que empieza a tomar forma en otras bocas, en otros pensamientos. Una idea que se repite hasta volverse verdad.
Yo escucho, y por primera vez deseo no hacerlo.
Porque los mensajes siguen llegando, pero ahora traen consigo la certeza de un final que ya conozco, aunque aún no haya ocurrido.
1234 no es solo un número.
Es un punto hacia el que todo empieza a inclinarse.
Y aun así, seguimos.