20/12/2025
Hubo un tiempo en el que yo también estaba empezando como Técnico en Emergencias Sanitarias.
Aprendiendo protocolos, observando a compañeros con más experiencia y entendiendo que, en este sector, cada guardia es una lección.
Con los años, si uno se mantiene fiel a la profesión, el lugar cambia. No ocurre de golpe ni con títulos visibles. Simplemente un día te das cuenta de que ya no solo ejecutas: acompañas, orientas y sostienes a quienes acaban de llegar.
Ahí empieza otra etapa: estar al otro lado de la camilla y también del aprendizaje.
En emergencias, enseñar no es solo explicar, es saber mirar.
Porque no todos llegan iguales. Hay quien llega con inseguridades y miedo a equivocarse, quien cree que lo sabe todo, quien domina la teoría pero se bloquea bajo presión, y quien tiene un gran potencial dormido que solo necesita que alguien le diga: puedes hacerlo.
Por eso enseñar nunca puede ser una fórmula única. Cada técnico necesita algo distinto: confianza, corrección, refuerzo, límites claros o tiempo.
En este sector, la confianza no es un extra, es una herramienta de trabajo. Se construye en guardias compartidas, en explicaciones repetidas y en correcciones hechas con respeto. Equivocarse forma parte del aprendizaje. Preguntar evita errores futuros.
Guiar es:
apoyar sin invadir,
corregir sin humillar,
exigir sin apagar.
La humildad también es clave.
Por muchos años que lleves en una ambulancia, siempre habrá una intervención que te enseñe algo nuevo. Y esa humildad es seguridad para el paciente y para el equipo.
Formar técnicos es formar personas.
Yo he elegido devolver lo aprendido con calma, compromiso y vocación.
Porque en emergencias, enseñar bien no solo forma profesionales: salva errores, fortalece equipos y, a veces, también salva vidas.