06/05/2026
La medicina no sólo cura.
También ha servido para controlar.
Y el cuerpo de las mujeres ha sido uno de los principales territorios de ese control.
Durante siglos, la ciencia y la medicina no se han construido únicamente para entender el cuerpo humano, sino también para definir qué cuerpos eran “normales”, qué conductas eran “aceptables” y cómo debía comportarse una mujer “correcta”.
💢 Se medicalizó la menstruación.
💢 Se patologizó la menopausia.
💢 Se llamó “histeria” al sufrimiento emocional de miles de mujeres.
💢 Se encerró, sedó o diagnosticó a mujeres incómodas, rebeldes o que no encajaban en el rol esperado.
La medicina muchas veces no actuó separada de la moral, la religión o la política.
Actuó junto a ellas.
También se controló la sexualidad:
🔒 ocultando la anatomía femenina,
🔒 negando el placer de las mujeres,
🔒 vigilando la reproducción,
🔒 decidiendo quién podía ser madre y quién no,
🔒 culpabilizando ciertos cuerpos, deseos o formas de vivir.
Y esto no es algo del pasado lejano.
Todavía hoy:
el dolor de las mujeres se infravalora más,
muchos síntomas se reducen a “ansiedad” u “hormonas”, existe un enorme sesgo de género en investigación, y seguimos viendo cómo ciertos procesos naturales del cuerpo femenino se convierten rápidamente en “problemas” que corregir.
La ciencia no es objetiva por arte de magia 🪄
La ciencia también se construye dentro de una sociedad con relaciones de poder.
Por eso cuestionar la medicina no significa estar contra la ciencia.
Significa pedir una ciencia más crítica, más humana y más consciente de sus propios sesgos.
Porque cuando la medicina no escucha a las mujeres, no es neutralidad.
También es política.
“¿Cuántas veces a las mujeres se nos ha hecho sentir que nuestro dolor, nuestras emociones o nuestro cuerpo eran el problema?”
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