21/11/2025
La frase “primero tengo que amarme a mí mismo para amar a los demás” suena bonita… pero es una trampa.
No es crecimiento.
Es narcisismo espiritual disfrazado de sabiduría.
Cuando dices “yo primero”, ya has levantado un muro.
Ya has separado.
Ya has decidido dónde termina lo tuyo y dónde empieza lo de los demás.
Eso no es amor.
Es ego justificándose.
El yoga no se creó para hacerte sentir más importante, más especial o más “yo”.
Se creó para desmantelar al yo.
Para borrar la frontera que tú mismo has dibujado.
Para recordarte que lo que llamas “yo” es solo una historia… no tu esencia.
El Vedanta Advaita lo deja claro:
si sigues pensando desde la separación, da igual cuántos mantras recites, cuántas posturas hagas o cuánto “te ames”.
Nada cambia.
Porque la raíz del sufrimiento no está en la falta de amor propio,
sino en la ilusión de creer que estás separado del resto.
Los ocho pasos del yoga no apuntan a un yo mejorado.
Apuntan al samadhi:
la experiencia en la que el “yo” se rompe como un cristal,
y aparece la unidad que siempre estuvo debajo.
La transformación no ocurre cuando te pones primero.
Ocurre cuando la idea de “primero” deja de tener sentido.
Ahí es donde empieza el verdadero yoga.
Ahí es donde se cae la mentira.
Ahí es donde empieza la libertad.
́fico