08/03/2026
Día Internacional de la Mujer
Este año quiero contarles la historia de la mujer más importante de mi vida: mi madre, María del Carmen, MariCarmen para los amigos. Aquí les dejo unas pinceladas de su vida.
Llegó al mundo el 30 de junio de 1943, en Valle de Guerra. Aunque años después mi abuela Josefa volvió a quedar embarazada, esa hermana pequeña nació mu**ta. Recuerda mi madre que la tenían en una cajita en casa esperando para enterrarla porque el cura del pueblo, al no estar bautizada, consideraba que no podía estar en el cementerio. Mi abuelo consiguió que el cura cambiara de opinión, pero esa es otra historia.
Así que mi madre fue hija única en una época en la que eso no se estilaba. Fue a clases con doña Alvarita. Nos cuenta que no era muy aplicada: “Me gustaba loquear”. No estudió más de lo que era un nivel de colegio porque mi abuelo creía que “las mujeres se echaban a perder si van solas en la guagua para La Laguna”. Aprendió costura y dio clase a muchas otras chicas en su casa en Valle de Guerra.
Andaba metida en la Acción Católica de la iglesia y, un día, vendiendo rifas para tal fin en el cine del pueblo, llegó un joven tacorontero que le compró el talonario entero. Ese joven “jugador” se convirtió en novio, marido y padre de sus hijas hasta la actualidad.
Se casó a los 26 años de edad y se quedó viviendo en el piso alto de la casa de sus padres, casa que fabricaron ellos mismos. Tuvo a su primera hija a los 13 meses de casarse. Esos tres primeros meses de casada sin quedarse embarazada le preocuparon enormemente porque pensaba que no iba a poder tener hijos. En aquella época, la finalidad de muchas mujeres era casarse y formar una familia; no tener hijos era una desgracia.
Cuenta mi madre: “Yo, cuando me iba a casar, pensaba que me iba al paraíso, que iba a estar como una reina… y no he hecho sino trabajar”.
Antes de tener a su segunda hija, mi padre dejó su trabajo de carpintero en Santa Cruz y montaron un bazar en Valle de Guerra. Cuando llegó la segunda hija, hasta el día antes de parir trabajó embarazada a término. Un martes parió y, al par de días, volvió a trabajar. Ser “autónoma” en aquella época era todavía peor que ahora, y lo pongo entre comillas porque durante muchos años ni siquiera fue legalmente autónoma.
Fueron años buenos: mucho trabajo, pero el negocio progresaba.
Después llegué yo sola. “Tú viniste sola, a ti no te mandamos a buscar”. Parece que después de mí aprendieron a evitar que las hijas vinieran al mundo por su cuenta, jejeje.
Durante años y décadas se mantuvo el bazar. Vendieron ropa, electrodomésticos, zapatos, juguetes, joyas… hasta coches. Trabajaban de lunes a sábado, mañana y tarde, todos los años. Las vacaciones no existieron nunca, pero era lo normal en la época, al menos en mi pueblo.
Compraron un apartamento en El Pris, a unos 8 km, y en verano nos íbamos un par de meses a quedarnos allí. Pero mis padres siempre iban a trabajar cada día. Al trío lalalá nos cuidaba mi abuela Josefa, que se quedaba con nosotras. Para mi madre, El Pris es su paraíso: durante años fue sinónimo de libertad, porque tenía una casa con su familia independiente de la casa de sus padres.
Pero con la llegada de las grandes superficies, allá por finales de los 80 y principios de los 90, se dejó de vender, vinieron dificultades económicas y hubo que reinventarse. Fueron años muy difíciles. Montaron un bar y pasaron a vender chicharros, carne de cabra, paella... y vino hasta que se jubilaron los dos. En esta época de su vida se trabajaba de martes a domingo, todo el santo día. No fue el gran negocio, pero permitió que viviéramos y que pudiéramos estudiar nuestras carreras las tres.
Siempre nos decían mi madre y mi padre: “Estudien para que no tengan que depender de nadie”.
Se jubiló a los 65 años y, por fin, empezó a cobrar un dinero seguro —poco, pero fijo— cada mes. Los primeros años tras jubilarse estuvo cuidando de mi abuelo, que fue longevo y murió con 97 años. Recuerdo el día que murió mi abuelo, que nos dijo: “Ya soy huérfana”. A mí me pareció una exageración plantear una orfandad a esa edad. Pero hoy ya no opino igual: nunca se es demasiado mayor para sentirse huérfano.
Mi madre quedó huérfana y se independizó de sus padres el mismo día, con 68 años de edad.
Desde entonces vive una jubilación bastante tranquila, en comparación con su vida laboral y familiar previa. Va a gimnasia al centro de ciudadanos un par de días a la semana, cuando le da la gana. Se apunta a irse de paseo con sus hijas, marido y amigos siempre que puede, pero también le encanta estar en su casa. Sale a pasear por el pueblo y habla con todo el mundo. “La gente me cuenta sus problemas y yo siempre les digo: ‘Niña, eso no es nada, tranquila’”. Uno de sus trabajos actuales es terapeuta de acera. Tiene Facebook, Instagram.
Está harta de tener que pensar qué cocina cada día. Y su principal alegría es tener a toda la familia junta.
Y todo esto se los cuento porque quiero hacer un pequeño homenaje a mi madre y a todas esas MariCarmen que existen en cada casa. Mujeres que han destinado su vida a trabajar para sacar a sus familias adelante, cuidar de maridos, hijas, hijos, madres, padres, suegras, suegros… hasta del perro.
Gracias, madre. Sin ti no seríamos nada. Gracias a tantas mujeres que han mantenido —y siguen manteniendo— y cuidando de todos los que las rodean.
Y en estas oscuras épocas, en las que parece que hay una tendencia a perder derechos en lugar de seguir ganándolos para las mujeres, hay que seguir poniendo en valor a todas las mujeres que nos rodean y no dar ni un paso atrás.
Más que nunca debemos recordar algo sencillo:
No estamos donde estamos por casualidad.
Estamos aquí gracias a ellas.
¡Buen domingo a todas y todos!