Mercedes Lage Psicología Clínica

Mercedes Lage Psicología Clínica Reflexiones de una psicóloga en Santiago

EL CUIDADOR QUEMADOAunque hablemos de todo o de mucho, sólo de lo vivido podemos hablar con buen juicio, ese que no juzg...
12/01/2026

EL CUIDADOR QUEMADO
Aunque hablemos de todo o de mucho, sólo de lo vivido podemos hablar con buen juicio, ese que no juzga porque tampoco ve la necesidad y comprende la complejidad de la experiencia.
Cuidar a nuestros mayores es muy duro. Como todo, no es algo plano de una vez por todas. Es un camino sinuoso lleno de incidencias y con emociones encontradas. Estamos intentando disfrutar y sostener el vínculo con quien posiblemente no esté nada contento con esa etapa de su vida. Esto ya de por si transmite congoja y se absorbe esa energía cenital. Y por supuesto, hay mil cosas que atender, cuidados, medicamentos, ejercicios, dieta, distracción, cariños y mientras , seguir con nuestra vida, frenética, a un ritmo muy distinto del mayor al que cuidamos.
Nos cansamos y nos desesperamos y nos sentimos tristes y nos sentimos culpables, y nos quemamos.
Pues a ese escenario ponle ahora que viene un primo, un familiar ausente, o cualquier espabilado a decirnos que cuidamos mal o que debemos hacer esto o debimos hacer aquello.
A removernos todo por dentro. Pero vienen desde esa distancia y comodidad a ponernos el alma en ascuas.
Así, de la nada, y por la cara. Eso abrasa al cuidador quemado.
No puedo cambiar al mundo ni tanto desatino pero sí pedir un poco de prudencia al que habla y mucha sabiduría y serenidad al que se ve obligado a escuchar.

VIVIR CON DOLOREstamos tan habituados a las pantallas que se nos olvida la realidad de muchas personas que viven diariam...
07/01/2026

VIVIR CON DOLOR

Estamos tan habituados a las pantallas que se nos olvida la realidad de muchas personas que viven diariamente con dolor, físico y/o psíquico, condicionándolo todo. Cancelar planes a última hora, rechazar trabajos, restringir actividades… sufrir dolor crónico diario es vivir a intervalos, jugando al despiste.

Uno puede tener más o menos trazado su mapa de dolor, saber cuál es el más habitual, pero siempre puede sorprenderse por una frecuencia inusual —incluso dentro del mismo día— o por picos de intensidad insoportable. Uno se prepara de buena mañana su arsenal de remedios: masajes, cojines de calor, parches, medicamentos y todo aquello que irá administrándose para poder seguir con la vida.

Pero la vida del doliente crónico es un trozo azul entre las nubes. Nadie como él conoce la desesperación, pero también sabe aprovechar la vida cuando no duele: el respiro cuando esa alarma se apaga y uno ha aprendido a aceptar el dolor como parte de su día a día.

Aceptar vivir con dolor es una heroicidad psicológica que conquistan a diario millones de personas. Requiere una gran dosis de humildad y de inteligencia: ir rebajando expectativas y acomodándose a lo que se pueda, mientras se pueda; con una graciosa amnesia autoprovocada del dolor, dejarlo ahí fuera cuando no se siente y seguir tan campante.

El dolor físico, todo ese circuito eléctrico que se activa ante un estímulo interno o externo y va transmitiéndose, modulándose e interpretándose, es un paredón entre uno mismo y el mundo. Saber darle su lugar —pero solo su lugar— es un arte.

El dolor emocional también existe. No solo el sufrimiento, sino el dolor real. El rechazo social, el duelo, la vergüenza o el abandono activan circuitos del dolor de forma superponible al dolor físico. Por eso expresiones como “me duele el alma” no son poéticas: son neurobiológicamente exactas.

Todo dolor es real, aunque su origen no sea una lesión. El sufrimiento psíquico no “imagina” el dolor: lo produce.

Sepamos del dolor de los demás y, sobre todo, de quienes no lo utilizan como eximente y viven en plenitud a pesar de él, sobreponiéndose.

17/12/2025

(Fiel a mi tradición, os deseo felices fiestas con el poema que me acompaña siempre)

DESIDERATA
Anda plácidamente entre el ruido y la prisa
y recuerda que paz que puede haber en el silencio.
Vive en buenos términos con todas las personas
todo lo que puedas, sin rendirte.
Di tu verdad tranquila y claramente,
escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante;
ellos también tienen su historia.
Evita a las personas ruidosas y agresivas,
sin vejaciones al espíritu.
Si te comparas con otros puedes volverte vanidoso y amargo;
porque siempre habrá personas más grandes, y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros así como de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera, aunque sea humilde,
es una verdadera posesión en las cambiantes fortunas del tiempo.
Usa la precaución en tus negocios, porque el mundo está lleno de trampas.
Pero no por eso te niegues a la virtud que pueda existir.
Mucha gente lucha por altos ideales
y en todas partes la vida está llena de heroísmo.
¡Sé tú mismo!, especialmente no finjas afectos
tampoco seas cínico respecto del amor
porque frente a toda aridez y desencanto
el amor es perenne como la hierba.
Recoge mansamente el consejo de los años,
renunciando graciosamente a las cosas de juventud.
Nutre tu fuerza espiritual para que te proteja en la desgracia repentina
pero no te angusties con fantasías.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad;
junto con una sana disciplina, sé amable contigo mismo.
Tú eres una criatura del Universo,
no menos que los árboles y las estrellas;
tú tienes derecho a estar aquí
y te resulte evidente o no
sin duda el universo se desenvuelve como debe.
Por lo tanto, manténte en paz con Dios
de cualquier modo que lo concibas
y cualesquiera sean tus trabajos y aspiraciones,
mantén en la ruidosa confusión, paz con tu alma
con todas sus farsas y sueños rotos
éste sigue siendo un mundo hermoso.
Ten cuidado...
Esfuérzate en ser feliz.

11/12/2025

INVENTAR LA ESPERANZA
“La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.” (Julio Cortázar)
Desde la Psicología Positiva, no se estudia solamente el malestar y los trastornos de la personalidad, también sus fortalezas. La esperanza es una de ellas precisamente porque albergarla dentro de uno no siempre es tan fácil como se acostumbra a pensar. No siempre es lo último que se pierde, ni late con nosotros hasta el fin. Con frecuencia, hay que construirla contra toda esperanza, desde la desesperación, con un horizonte en el que no vemos por ningún lado la consecución de nuestros objetivos, metas, deseos y necesidades. La esperanza tiene mucho que ver con el sentido de control que tenemos acerca de las cosas. El célebre concepto de “locus de control”, la consideración de si está en nuestras manos hacer algo para mejorar nuestra situación o si por el contrario percibimos que las circunstancias se escapan a nuestro control y hemos de aceptar vivir con un sentimiento de impotencia. No sólo es pensar hacia dónde va el mundo que conocimos, no sólo es pensar en todos los seres humanos que buscan un lugar en que poder vivir. No pienso sólo en Viktor Frankl, gran psicólogo, inventor de la logoterapia, quién pasó parte de su vida en un campo de concentración y defendía que siempre es posible dentro de uno mismo darle significado y sentido a lo que se vive. Pienso más que en ningún otro, en las personas que sienten su vida acabarse, en los que están solos y sufren y no ven que su horror vaya a acabar nunca. En intentar mil veces una cosa y no conseguirla. En la vida sin alicientes. Para mi, la esperanza es un deber ético. Un valor y una disposición del ánimo que intento incluir en mi trabajo, dar lo que se tiene, compartirlo. No siempre es fácil, ya lo he dicho. Hay que ser bien creativo, alcanzar incluso el delirio (metafóricamente hablando) abrir la mente, buscar nuevos apoyos cognitivos, reestructurar la realidad. Si no es por aquí, a ver si por allá, pero siempre intentar inventar la esperanza, porque cuando esta no es posible, soñar es necesario.

¿ES LA EDAD … O ES MI MEMORIA? ENVEJECER SIN MIEDO A PERDER LA CABEZALlega un día —normalmente después de los 50— en el ...
10/12/2025

¿ES LA EDAD … O ES MI MEMORIA? ENVEJECER SIN MIEDO A PERDER LA CABEZA

Llega un día —normalmente después de los 50— en el que entramos a una habitación y olvidamos para qué. O buscamos las gafas mientras las llevamos puestas. Y entonces aparece el pensamiento automático:
“¿Y si esto es demencia?”

Respira. En la mayoría de los casos, no lo es.

El envejecimiento cerebral normal existe, y se parece más a una conexión lenta de internet que a un apagón total. Es normal tardar más en encontrar palabras, necesitar repetir nombres nuevos, perder algo de rapidez mental o notar que la atención se dispersa. El cerebro sigue funcionando… pero con un ritmo más pausado.

La demencia, en cambio, va mucho más allá: no son despistes aislados, sino problemas persistentes que interfieren en la vida diaria. Dificultad para seguir conversaciones, desorientación en lugares conocidos, pérdida notable de autonomía, cambios marcados de personalidad o incapacidad para manejar tareas habituales como pagos o medicación. Y lo más importante: progresa, no se queda estable.

La gran confusión viene porque ansiedad, estrés, depresión y falta de sueño pueden simular problemas de memoria mucho más dramáticos de lo que realmente son. A menudo no falla la memoria: falla la atención. Y sin atención… no hay recuerdo posible.

El miedo a “estar perdiendo la cabeza” es casi universal en la madurez, pero merece una mirada más amable:
el cerebro no se estropea con los años, se transforma. Pierde algo de velocidad, sí, pero gana en comprensión profunda, regulación emocional y visión global. No somos menos inteligentes: somos mentalmente más económicos.

Vivir la tercera edad con salud mental implica cambiar el objetivo: ya no es ir rápido, es vivir con presencia. Dormir bien, moverse a diario, mantener vínculos sociales, ejercitar la mente sin obsesión (leer, aprender algo nuevo, jugar, conversar) y cuidar la salud emocional son auténticos protectores cerebrales.

Y quizá la píldora más importante:
envejecer no es perder la cabeza, es cambiar de ritmo. Mientras haya curiosidad, vínculo y sentido, el cerebro no se jubila.

Porque la verdadera demencia no es olvidar dónde dejamos las llaves…
es olvidar seguir viviendo con ilusión.

COMPARARSECompararse con los demás es una de las formas más seguras de amargarnos la vida. Compararnos nos descentra, no...
20/11/2025

COMPARARSE
Compararse con los demás es una de las formas más seguras de amargarnos la vida. Compararnos nos descentra, nos desubica, pone nuestra vida en medidas y parámetros ajenos y es un ejercicio supremo de superficialidad. Nadie que sepa bien de qué va la vida se presta a ese juego. Nos comparamos siempre con una imagen o con una idea de cómo creemos que les va a los demás, pero, en realidad, no sabemos nada de nadie, y cualquier vida examinada al detalle tiene sus problemas.
De acuerdo, esto somos capaces de verlo, pero esos problemas nos parecen insignificantes. Nos lo parecen porque no somos nosotros los que los padecemos.
Nos comparamos porque queremos ganar, ser el más, el más guapo o rico o célebre o todo eso junto. Comparándonos asumimos que la vida es una competición y esa es una forma insana de vivirla.

El problema es que, cuando entramos en ese juego, siempre perdemos. Aunque “ganemos”, perdemos. Porque la comparación nunca se hace desde un lugar limpio: se hace desde la inseguridad, desde el miedo a no valer lo suficiente o desde esa pequeña voz que nos susurra que deberíamos ser más de lo que somos. Esa voz jamás queda satisfecha. Si subes un peldaño, te pedirá otro. Si lo consigues todo, te pedirá que lo mantengas. Nunca se calla.

Compararse, en el fondo, es una forma de abandonar la propia vida. Mientras miramos la del otro, dejamos de habitar la nuestra. Y lo más triste es que, en ese proceso, dejamos de ver lo que sí funciona, lo que sí tenemos, lo que sí somos. Vivimos con un inventario mental de carencias que crece cuanto más miramos fuera.

El verdadero punto de inflexión aparece cuando entendemos que nuestra única referencia válida somos nosotros mismos: cómo estábamos ayer, qué necesitamos hoy, hacia dónde queremos movernos mañana. Nada más. Nadie más. Todo lo demás es ruido.

CÓMO DAR FEEDBACK SIN DESARROLLAR RESISTENCIASe nos acusa injustamente a los psicólogos de decir lo que nuestro consulta...
18/11/2025

CÓMO DAR FEEDBACK SIN DESARROLLAR RESISTENCIA
Se nos acusa injustamente a los psicólogos de decir lo que nuestro consultante quiere oír. No es cierto. Decimos las cosas que pueden molestar desde un lugar que la persona percibe como cooperación y no como corrección, confrontación o enjuiciamiento. Ni desde el ego. Y esto todos los percibimos claramente. Y por supuesto, no se trata de añadir la muletilla “te lo digo por tu bien” o “con todo mi respeto” a una crítica, oposición o reclamo. Más bien se trata de entender qué es lo que activa la resistencia, y esta no surge tanto de lo que decimos como de la naturaleza de la relación. Tenemos que estar seguros de realmente querer ayudar. Y hablar desde la observación, no de la interpretación. Describir conductas observables, sin etiquetar. Ejemplo: “He notado que a veces llegas 10 minutos tarde, esto nos da menos tiempo para cerrar bien la sesión” . No atacar.
Los psicólogos señalamos cosas que no están funcionando pero siempre desde la empatía y el respeto, damos tiempo para la respuesta. Expresamos nuestros sentimientos en primera persona, por ejemplo, “Me siento un poco desconectada si la conversación se centra mucho en los problemas sin buscar alternativas juntas”, no decimos “haces esto mal” sino que explicamos cómo lo estamos experimentando y ayudamos a que el consultante se aplique este modo de comunicar en su vida.
No se trata de tener razón, ni de ganar, y se habla desde la seguridad de un tono no moralizante. Sin acritud, sin reproche, este modo de tratarse no es monopolio del terapeuta, la comunicación asertiva es la clave de un apego seguro y maduro.
Y está al alcance de todos.

POR QUÉ ME CUESTA HACER LAS COSAS QUE QUIEROA veces sabemos perfectamente lo que queremos hacer, pero no conseguimos pon...
11/11/2025

POR QUÉ ME CUESTA HACER LAS COSAS QUE QUIERO

A veces sabemos perfectamente lo que queremos hacer, pero no conseguimos ponernos en
marcha. Sentimos que falta energía, foco o constancia. Esta dificultad, muy común, tiene que ver con nuestras funciones ejecutivas y también con el mundo emocional que las sostiene.
Las funciones ejecutivas son los procesos mentales que dirigen la acción. Son el 'director de orquesta' del cerebro.
Cuando se alteran, la persona puede decir: 'sé lo que tengo que hacer, pero no me sale'.
Esto puede deberse a varias causas:
La ansiedad o el perfeccionismo, bloquean la corteza prefrontal. Si el
cuerpo está en modo defensa, no consigue arrancar.
El estrés crónico y multitarea reducen la capacidad de concentración.
Depresión: la falta de dopamina y energía disminuye la motivación.
Pensamiento rumiativo, cuanto más se piensa en lo que hay que hacer, más se paraliza la acción. Querer hacerlo todo perfecto impide empezar.
Determinados tipos de personalidad, como las personas del espectro autista, tienen muchas dificultades para pasar a la acción.
Y las personas vagas o perezosas. Y las que eligen deliberamente la inacción y prefieren contemplar y pensar la vida a hacer cosas. Y no tienen, en consecuencia, ningún problema.

Para los que sí quieren realmente hacer algunas cosas y no lo consiguen es útil dividir tareas grandes en micro-pasos.
^Reducir la exigencia inicial: hacer algo imperfecto pero hecho libera energía.
^Identificar el obstáculo emocional: miedo, aburrimiento o vergüenza pueden estar detrás de
la parálisis.
^Crear apoyos externos
^Y sobre todo conectar acción y sentido: vincular lo que haces con un valor personal.
Las dificultades en la eficiencia ejecutiva suelen reflejar un bloqueo emocional, una sobrecarga o un desajuste en la autorregulación.
La terapia puede ayudar a reconstruir la conexión entre lo que sé, lo que quiero y lo que hago, pasando del
autocastigo a la comprensión del propio ritmo.
A veces, la acción no nace de empujarnos más, sino de tratarnos con menos dureza. Y sabiendo diferenciar cuando queremos hacer algo y no lo hacemos a cuando , sencillamente, no queremos hacer nada. Y ninguna opción merece que nos hablemos mal.

29/10/2025

Salir de uno mismo es el viaje más enriquecedor y sin embargo la mayoria pasamos por la vida sin emprenderlo jamás. Si te quedas en ti, no empatizas.
Si piensas como te sentirías tu si estuvieras en el lugar del otro, no empatizas.
Si no abres tu mente y la liberas de prejuicios, no empatizas.
Meterse dentro de otra persona tiene mucho que ver con el abandono de uno y de ser capaz de pensar e intuir como siente el otro, con su historia, sus condicionantes y sus vivencias. Solo así podrás sentir como se siente. Es el otro al que le está pasando tal cosa. Y el no eres tu ni es como tu.
Que pesada se hace la conversación de alguien que no conecta contigo, que solo habla de si misma, que de lo que tu le puedas decir no le importa nada. Personas que te drenan la energía hablándote sin parar de algo que no te interesa y ni siquiera notan tu desinterés. Que cansado hablar con personas siempre a la defensiva, que hablan para contraatacar porque todo les parece un ataque. Que imposible conocer al que se oculta detrás del ruido de lo anecdótico, derivando cualquier intento de profundizar. Que diferentes todos. Cada cual desde su infancia, sus recuerdos, todas las circunstancias que forjaron su carácter. Unos de unas ideas políticas o religiosas, otros de unos gustos o aficiones, no tienen nada en común contigo, tu no te pareces a ellos, y no tienes hijos, ni ideas tan sólidamente fundadas acerca de esto o lo otro, pero cuando empatizas con esa persona sabes todo eso, sientes sus recónditos secretos sin saberlos porque conectáis en un plano tan real y verdadero que solo puedo llamar, encuentro.

19/10/2025

LOS PELIGROS DE ESTAR PREGUNTANDO DE TODO -Y TODO EL RATO- A CHAT GPT

Vivimos en una época en la que cualquier duda —desde la más trivial hasta la más íntima— puede resolverse en segundos. Basta abrir una aplicación, escribir una pregunta y esperar la respuesta inmediata. ChatGPT y otras inteligencias artificiales se han convertido en una especie de oráculo moderno, siempre disponible, amable y aparentemente sabio.
Pero ¿qué sucede cuando empezamos a preguntar todo y todo el tiempo?



1. La ilusión de certeza: cuando el conocimiento sustituye a la reflexión

Uno de los primeros peligros es confundir información con comprensión. La inteligencia artificial puede ofrecer datos correctos, bien redactados e incluso empáticos, pero no puede vivir por nosotros ni comprender el matiz emocional o existencial de nuestras decisiones.
Al consultar constantemente a ChatGPT, algunas personas empiezan a perder la tolerancia a la incertidumbre, un rasgo humano esencial para aprender y crecer. La mente se acostumbra a recibir respuestas instantáneas y deja de practicar el pensamiento crítico, la pausa, el ensayo y error.

“Saber” no siempre es lo mismo que “entender”.



2. La externalización del criterio: cuando la brújula interior se apaga

Preguntar sin descanso puede llevar a una forma sutil de heteronomía mental, donde las decisiones cotidianas, los juicios y hasta las emociones empiezan a pasar por un filtro externo.
El riesgo no está en usar la herramienta, sino en delegar en ella el criterio propio.
Cuando pedimos a ChatGPT que nos diga qué pensar, qué elegir o incluso qué sentir, estamos renunciando a una parte esencial de la autonomía psicológica: la confianza en el propio juicio.



3. La saturación cognitiva: más respuestas, menos reposo

Otra consecuencia frecuente es la fatiga mental. Cada pregunta genera más información, más dudas, más ramificaciones. La búsqueda de respuestas se convierte en un laberinto que agota.
El cerebro, en lugar de encontrar alivio, se satura de alternativas y pierde capacidad para discriminar lo esencial.
La paradoja es clara: cuantas más respuestas buscamos, menos claridad tenemos.



4. La falsa compañía: conversación sin vínculo

ChatGPT puede simular empatía, pero no la siente. Su “escucha” es una construcción algorítmica. Si una persona recurre a la IA de forma constante como fuente de consuelo, puede aparecer una forma de soledad encubierta: hay diálogo, pero no encuentro humano.
El peligro es doble:
• Se reduce la búsqueda de conexión real con otros.
• Y se refuerza la idea de que basta con ser comprendido por una máquina para calmar el malestar.

A medio plazo, esta dinámica puede erosionar la capacidad de confiar, abrirse y esperar comprensión de los demás.



5. La pérdida del silencio

Preguntar continuamente también elimina algo fundamental para la mente: el silencio interior.
La reflexión, la creatividad y la autoconciencia surgen en los espacios vacíos, cuando no hay respuesta inmediata. Si cada duda se convierte en una consulta, el pensamiento se vuelve reactivo, sin tiempo para madurar.

No todo lo que inquieta necesita una respuesta.
A veces, lo que necesitamos es esperar.



6. Recuperar el equilibrio: usar la IA sin perderse en ella

La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se usa con conciencia. Algunas pautas prácticas:
• Limitar el tiempo de consulta: reservar momentos concretos del día, no usarla de forma compulsiva.
• Preguntar con propósito, no por ansiedad o aburrimiento.
• Contrastar las respuestas con la propia experiencia, criterio o fuentes humanas.
• Cultivar el silencio: permitir que algunas preguntas queden abiertas.
• Recordar que pensar lleva tiempo —y eso está bien.



Conclusión

ChatGPT puede ser una herramienta brillante, pero no una brújula moral, ni un terapeuta, ni una conciencia. Preguntar de todo y todo el rato puede transformarse, sin darnos cuenta, en una forma moderna de dependencia cognitiva: nos calma a corto plazo, pero nos debilita a largo plazo.

Aprender a convivir con la inteligencia artificial sin perder la nuestra será, probablemente, uno de los mayores desafíos psicológicos de esta década.

16/10/2025

EL DUELO POR LAS POSIBILIDADES NO VIVIDAS

A lo largo de la vida no solo perdemos personas, también perdemos caminos posibles y versiones de nosotros mismos que no llegaron a existir. Esa sensación de “lo que podría haber sido” forma parte de un tipo de duelo invisible que apenas reconocemos: el duelo por las posibilidades no vividas. Este tipo de duelo suele aparecer en momentos de transición: cuando envejecemos, cuando una relación se acaba, cuando elegimos una profesión o una ciudad y descartamos otras, o cuando nos damos cuenta de que ciertos sueños ya no encajan con quienes somos. A diferencia del duelo tradicional, aquí no hay un hecho externo evidente, sino una pérdida simbólica: la de un futuro alternativo. Desde la psicología, es importante entender que estas pérdidas invisibles también merecen espacio emocional. Negarlas o minimizarlas puede generar melancolía, insatisfacción crónica o sensación de vacío, incluso si “todo va bien”. Reconocer el duelo por lo no vivido es una forma de reconciliarnos con nuestras decisiones y con el paso del tiempo. En terapia, acompañar estos duelos implica validar la tristeza por lo no elegido sin convertirla en arrepentimiento. La aceptación no significa resignación, sino reconocer que la vida implica renuncias y que cada elección crea y destruye posibilidades a la vez. Solo cuando podemos mirar con ternura lo que no fue, podemos habitar plenamente lo que sí es. La madurez emocional consiste en integrar nuestras vidas posibles dentro de la que realmente tenemos, entendiendo que la plenitud no surge de haberlo vivido todo, sino de hacer las paces con lo que no pudo ser.

Dirección

Orfas 34-2ºE
Santiago De Compostela
15703

Horario de Apertura

Lunes 10:00 - 19:30
Martes 10:00 - 19:30
Miércoles 10:00 - 19:30
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