17/10/2025
La importancia de la intervención en el bullying: entre la herida y la reparación
El bullying no es un simple conflicto infantil: es una forma de violencia relacional que deja huellas profundas en la identidad, la autoestima y la neurobiología del niño o la niña que lo sufre. Cuando una infancia se ve atrapada en el miedo, la humillación o el aislamiento social, el cerebro aprende a sobrevivir, no a confiar. Por eso, intervenir en el bullying no es solo un deber educativo o social, sino un acto de reparación emocional y ética.
El silencio como cómplice
El bullying prospera en los climas donde el silencio se disfraza de neutralidad. No intervenir es, sin quererlo, tomar partido por el agresor. El entorno que calla —ya sea la escuela, la familia o la comunidad— se convierte en un escenario de re-traumatización. El niño acosado no solo sufre por la violencia directa, sino también por la indiferencia de los adultos que deberían protegerle.
El cerebro infantil, altamente sensible a las experiencias sociales, interpreta esa falta de respuesta como una confirmación de su falta de valor. Así, el miedo se consolida como memoria emocional, y el cuerpo aprende a anticipar el dolor incluso cuando el peligro ya ha pasado.
La mirada neuroeducativa
Desde la neurociencia afectiva, sabemos que las experiencias de exclusión o burla activan las mismas áreas cerebrales que el dolor físico —especialmente la corteza cingulada anterior—. Es decir: el bullying duele de verdad, y ese dolor moldea el desarrollo emocional.
Intervenir implica crear entornos donde se restaure la seguridad y la pertenencia, activando el sistema de calma (oxitocina y serotonina) frente al sistema de amenaza (cortisol y adrenalina). La prevención del bullying no comienza en el castigo, sino en la educación emocional y la co-regulación: enseñar a nombrar lo que sentimos, pedir ayuda sin vergüenza y reparar sin humillar.
El papel del adulto: testigo, guía y espejo
Los adultos no deben ser espectadores, sino testigos activos del cuidado. Intervenir no significa castigar de inmediato, sino comprender el mapa emocional de todos los implicados: víctima, agresor y espectadores.
El niño que agrede también comunica un dolor no elaborado, una desconexión empática o una necesidad de control nacida del miedo. Por eso, la intervención debe ser educativa, no punitiva, orientada a restaurar el vínculo y la empatía, no solo a imponer sanciones.
Una perspectiva de género y de derechos
Las dinámicas de bullying están atravesadas por el género: las niñas suelen ser agredidas mediante la exclusión social y la humillación emocional; los niños, mediante la violencia física o la burla por no encajar en los estereotipos de fuerza y dominación.
Incorporar la perspectiva de género permite entender que el bullying reproduce los mandatos patriarcales desde edades tempranas: quien no cumple el modelo hegemónico es castigado con la burla o el rechazo. Intervenir, por tanto, también es un acto de equidad: enseñar que la diversidad no es amenaza, sino riqueza.
Intervenir es cuidar la esperanza
Cada vez que un adulto nombra lo injusto, protege la inocencia. Cada vez que una escuela decide mirar de frente el conflicto y acompañar, no castigar, se siembra futuro. La intervención en el bullying no solo repara a quien fue herido, sino que transforma el clima emocional de toda la comunidad educativa.
Porque prevenir la violencia es, en última instancia, enseñar ternura organizada: una ternura que pone límites, que sostiene y que recuerda a cada niño y niña que merece ser visto, escuchado y cuidado.
Conclusión
Intervenir en el bullying no es una opción, sino una responsabilidad compartida entre familias, educadores y sociedad. Es un acto de justicia emocional que protege el derecho más básico de toda infancia: crecer sin miedo.
Cuando los adultos asumen su papel de cuidadores conscientes, el mensaje que transmiten es poderoso: no estás solo, tu dolor importa, y el mundo puede ser un lugar seguro. Lola Muñoz-Suazo