Spica

Spica Titular Mª Dolores Muñoz Suazo, Licenciada en Psicología. Experta en Género y Síndrome de Défi Gabinete de Psicología.

Psicología Infantil, TDAH, Familia, Parejas, Género.

06/03/2026

La ira que rescata

Durante mucho tiempo nos enseñaron a desconfiar de la ira.
A las mujeres especialmente se nos pidió que la ocultáramos, que la suavizáramos, que la transformáramos en silencio o en paciencia infinita. La ira fue descrita como peligrosa, impropia, incluso vergonzosa.

Pero hay una forma de ira que no destruye.
Una ira que despierta.

Es la ira que aparece cuando una mujer es humillada, golpeada o silenciada y algo dentro de otra mujer —o dentro de cualquier persona que mira con humanidad— se levanta y dice: esto no es justo. No es una rabia ciega. Es una indignación moral, una emoción profunda que nace cuando la dignidad humana es vulnerada.

Esa ira tiene una función protectora.
La psicología de las emociones nos recuerda que la ira surge precisamente cuando percibimos una injusticia y sentimos la necesidad de restablecer un límite. Es el sistema emocional que nos empuja a defender la integridad propia o ajena.

Por eso, en muchas historias de acompañamiento y protección, la chispa inicial no fue solo la compasión. Fue también la rabia frente a lo intolerable.

Y es justamente en ese momento —cuando la ira aparece con claridad— cuando se abre una posibilidad decisiva: rescatar a la mujer atrapada en el ciclo de la violencia.

La violencia de género funciona muchas veces como un círculo cerrado: tensión, agresión, arrepentimiento, reconciliación y nuevo daño. Dentro de ese ciclo, el miedo, la culpa y la manipulación mantienen a la víctima inmovilizada.

Pero cuando alguien se indigna ante lo que está ocurriendo, algo cambia.
La ira rompe la normalización del abuso. Nombra la injusticia. Señala que aquello no es amor, ni cuidado, ni destino.

En ese instante puede aparecer el gesto que abre la puerta: acompañar, sostener, intervenir, ofrecer una salida. La ira ética se convierte entonces en una fuerza que ayuda a quebrar el ciclo de la violencia.

La ira, cuando se une a la empatía, se transforma en coraje.

Es la emoción que rompe la pasividad social.
La que empuja a decir: no estás sola.
La que moviliza a intervenir, a denunciar o a acompañar a una mujer para que pueda salir del círculo del maltrato.

En ese momento la ira deja de ser destructiva y se convierte en energía ética. Un fuego que no busca quemar, sino iluminar el camino hacia la justicia.

Quizá por eso algunas luchas nacen de una emoción muy concreta: la indignación frente a la violencia normalizada. Esa indignación es una forma de amor activo. Un amor que no se conforma con sentir compasión, sino que decide actuar.

Porque hay momentos en los que la ternura protege…
y otros en los que la ternura necesita la fuerza de la ira para abrir la puerta de la jaula.

Cuando la ira se pone al servicio de la vida, deja de ser un peligro.
Se convierte en coraje organizado, en conciencia despierta, en la fuerza que permite decirle a una mujer maltratada:

Ven. Vamos a salir de aquí.Lola Muñoz-Suazo

06/03/2026

TDAH y comorbilidad con los trastornos del aprendizaje
Cuando la dificultad no viene sola
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es uno de los trastornos del neurodesarrollo más estudiados en la infancia. Se caracteriza principalmente por dificultades en la atención sostenida, la regulación del impulso y, en algunos casos, la hiperactividad motora. Sin embargo, una de las realidades clínicas más relevantes (y a menudo menos comprendidas)es su alta comorbilidad con los trastornos del aprendizaje.
En otras palabras: muchas veces el TDAH no llega solo. Llega acompañado.
Diversas investigaciones muestran que entre el 40 % y el 60 % de los niños con TDAH presentan también algún trastorno específico del aprendizaje, como la Dislexia, la Discalculia o la Disgrafía. Esta coexistencia genera un perfil neuropsicológico complejo que requiere comprensión profunda, evaluación cuidadosa y un acompañamiento educativo sensible.
¿Qué significa comorbilidad?
En salud mental, comorbilidad significa que dos o más trastornos aparecen simultáneamente en una misma persona. No se trata de que uno cause necesariamente el otro, sino de que comparten factores neurobiológicos, cognitivos o ambientales que favorecen su aparición conjunta.
En el caso del TDAH, esta comorbilidad es particularmente frecuente porque los procesos cerebrales implicados (especialmente los relacionados con las funciones ejecutivas)también participan en el aprendizaje escolar.
Cuando estas funciones presentan dificultades, pueden verse afectadas habilidades como:
• la memoria de trabajo
• la planificación
• la organización de la información
• la velocidad de procesamiento
• la inhibición de respuestas impulsivas
Estas habilidades son esenciales para tareas académicas como leer, escribir, resolver problemas matemáticos o comprender instrucciones complejas.
Principales trastornos del aprendizaje asociados
1. Dislexia: dificultades en la lectura.
La dislexia es el trastorno del aprendizaje más frecuentemente asociado al TDAH. Se caracteriza por dificultades en el reconocimiento de palabras, la fluidez lectora y la comprensión del texto.
Cuando dislexia y TDAH coexisten, el niño o la niña puede presentar:
• lentitud lectora
• errores frecuentes al leer
• dificultad para mantener la atención durante la lectura
• problemas para comprender textos largos
El resultado suele ser una fatiga cognitiva intensa, que muchas veces se interpreta erróneamente como desmotivación.
2. Discalculia: dificultades en matemáticas
La discalculia implica problemas en la comprensión de los números, el cálculo y el razonamiento matemático.

Si aparece junto al TDAH, pueden observarse:
• errores en operaciones simples
• dificultad para recordar tablas de multiplicar
• problemas para organizar pasos en cálculos
• confusión en el manejo del tiempo o las cantidades

Aquí se combinan dificultades cognitivas específicas con problemas de atención sostenida, lo que multiplica los obstáculos en el aprendizaje.

3. Disgrafía: dificultades en la escritura
La disgrafía afecta la producción escrita y puede manifestarse como:
• letra poco legible
• escritura lenta
• dificultad para organizar ideas en el papel
• errores ortográficos frecuentes
Cuando se combina con TDAH, la escritura puede convertirse en una tarea especialmente frustrante, ya que requiere planificación, memoria de trabajo y control motor fino.
Bases neurobiológicas compartidas
Las investigaciones en neurociencia sugieren que el TDAH y muchos trastornos del aprendizaje comparten alteraciones funcionales en circuitos cerebrales que incluyen:
• la corteza prefrontal, implicada en las funciones ejecutivas
• los ganglios basales, relacionados con la regulación del movimiento y la motivación
• el cerebelo, cada vez más reconocido por su papel en el aprendizaje y la coordinación cognitiva

A nivel neuroquímico, también intervienen sistemas de neurotransmisores como:
• dopamina, relacionada con la motivación y el refuerzo
• noradrenalina, implicada en la alerta y la atención
• serotonina, vinculada con la regulación emocional

Cuando estos sistemas funcionan de forma diferente, la persona puede experimentar dificultades tanto en la regulación atencional como en el procesamiento académico.
Impacto emocional y social
La coexistencia de TDAH y trastornos del aprendizaje no afecta solo al rendimiento escolar. También tiene consecuencias emocionales profundas.

Muchos niños y niñas desarrollan:
• baja autoestima
• sensación de fracaso repetido
• ansiedad ante tareas escolares
• evitación del aprendizaje

Si el entorno interpreta estas dificultades como falta de esfuerzo, el problema puede agravarse. El niño termina creyendo que el error está en él, cuando en realidad se trata de una forma diferente de procesar la información.

Por eso el acompañamiento debe ir más allá de lo académico: debe incluir validación emocional, comprensión y estrategias adaptativas.
Claves para la intervención educativa
Cuando existe comorbilidad entre TDAH y trastornos del aprendizaje, la intervención más eficaz suele ser multidisciplinaria. Algunas estrategias fundamentales incluyen:

1. Evaluación neuropsicológica completa
Permite identificar el perfil cognitivo específico y diseñar apoyos personalizados.

2. Adaptaciones educativas
Entre ellas:
• más tiempo en exámenes
• reducción de carga escrita
• uso de apoyos visuales
• fragmentación de tareas complejas

3. Enseñanza explícita y estructurada
Los niños con TDAH se benefician de instrucciones claras, pasos concretos y feedback inmediato.

4. Regulación emocional y motivación
El reconocimiento del esfuerzo y el refuerzo positivo ayudan a sostener la motivación.
Mirar más allá del síntoma
Comprender la comorbilidad entre TDAH y trastornos del aprendizaje implica cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos:

“¿Por qué no lo intenta más?”

La pregunta debería ser:

“¿Qué necesita este niño o esta niña para aprender de una manera que respete su cerebro?”

Cuando la educación y la clínica adoptan esta mirada, el TDAH deja de ser visto únicamente como una dificultad y comienza a entenderse como un perfil neurodiverso que requiere entornos de aprendizaje más flexibles, empáticos y creativos.
Y ahí, justo ahí, empiezan a aparecer las verdaderas posibilidades.
Porque cuando se ajusta el entorno… muchas veces lo que parecía una dificultad insuperable se transforma en una forma distinta (y valiosa)de aprender.
Spica.

27/02/2026

Desde una perspectiva clínica, hablar negativamente de un miembro de la familia delante de un niño y una niña constituye una forma de violencia relacional de bajo umbral, con efectos potencialmente acumulativos sobre la salud emocional, la construcción del apego y el desarrollo neurobiológico.
No se trata solo de un comportamiento inapropiado, sino de una experiencia relacional adversa, especialmente dañina en etapas tempranas del desarrollo.
1. Generación de lealtades divididas y estrés tóxico

Cuando un niño y una niña escuchan a un progenitor descalificar a otro familiar significativo —padre, madre, abuelo/a, tío/a, hermano/a—, se activa un conflicto de lealtad incompatible con su capacidad cognitiva y emocional.

Esto produce:
• aumento de cortisol,
• activación sostenida del sistema de amenaza,
• dificultad para organizar respuestas de regulación emocional.

El conflicto de lealtades sitúa al niño y a la niña en un dilema insoluble: proteger su vínculo afectivo o proteger al adulto que lo critica. Ninguno de los dos caminos es seguro.

2. Impacto en el apego: inseguridad y disociación relacional

Según la teoría del apego, el niño y la niña necesitan coherencia y previsibilidad entre las figuras cuidadoras. Cuando un adulto de referencia denigra a otro, se rompe la coherencia del sistema de apego y aparece:
• Apego inseguro ansioso o ambivalente, al no saber qué parte del sistema cuidador es fiable.
• Apego desorganizado, cuando el adulto que debe ser fuente de seguridad se convierte, simultáneamente, en fuente de amenaza emocional.

En muchos casos, el niño y la niña comienzan a mostrar disociación relacional, una forma de desconexión emocional que sirve para no sentir el conflicto interno.

3. Alteración del desarrollo neurobiológico de la integración emocional

En etapas críticas, especialmente antes de los 12 años, la exposición repetida a críticas intrafamiliares genera ruido emocional que interfiere con:
• la integración entre la amígdala y la corteza prefrontal,
• la capacidad de mentalización,
• la regulación emocional,
• el aprendizaje social empático.

La amígdala interpreta el conflicto como amenaza, mientras la corteza prefrontal aún no tiene recursos suficientes para contextualizarlo. Se produce así una vulnerabilidad mayor al estrés, a la ansiedad social y a la hiperadaptación emocional.

4. Modelado de dinámicas relacionales basadas en la desvalorización

El niño y la niña aprenden por observación:
• cómo se resuelven los conflictos,
• cómo se habla del otro,
• qué lugar ocupa la dignidad en los vínculos.

Cuando el modelo dominante es la crítica o la burla hacia personas significativas, se normaliza la relación basada en la descalificación. Esto aumenta la probabilidad de:
• repetir vínculos adultos con dinámicas tóxicas,
• desarrollar estilos de comunicación agresivo-pasiva,
• usar el sarcasmo como defensa relacional,
• tolerar maltrato emocional por sentirse “acostumbrados”.
5. Intromisión en los vínculos del niño y la niña: trauma vincular inducido

Hablar mal de un miembro de la familia frente a un niño y una niña constituye un acto de triangulación emocional, donde se les obliga a tomar un rol para el que no están preparados: juez, confidente o aliado.

Esto genera:
• responsabilidad emocional inapropiada,
• parentificación,
• pérdida del derecho a construir su propio vínculo con ese familiar.

Desde una perspectiva clínica, esto se considera un trauma vincular inducido, ya que daña la red relacional que protege al niño y a la niña.
6. Efectos en la autoestima y el autoconcepto

La identidad infantil se construye también a partir de las figuras familiares. Cuando se desvaloriza a un miembro de esa red, el niño y la niña internalizan mensajes como:
• “si mi familia es mala, yo también lo soy”,
• “algo debe haber mal en mí”,
• “no soy digno de un entorno seguro”.

Esto deriva en:
• baja autoestima,
• autoexigencia desadaptativa,
• vergüenza tóxica,
• dificultades para desarrollar identidad sólida en la adolescencia.
7. Consecuencias clínicas a medio y largo plazo

La literatura científica y la práctica clínica muestran que este patrón puede asociarse con:
• trastornos de ansiedad,
• dificultades de regulación emocional,
• trastornos de conducta y oposicionismo,
• sintomatología depresiva,
• trastornos disociativos en casos severos,
• mayor vulnerabilidad en adolescentes con TDAH u otras neurodivergencias.

En neurodesarrollo es especialmente dañino porque el niño y la niña, al tener mayor sensibilidad al rechazo, interpretan la crítica como un mensaje de peligro relacional.
Conclusión clínica central

Hablar mal de un familiar significativo delante de un niño y una niña constituye una forma de violencia emocional sutil pero estructural, que altera su desarrollo afectivo, su seguridad interna y su capacidad futura para construir vínculos sanos.
No solo daña la imagen del familiar criticado: hiere directamente al niño y a la niña en su identidad y su mapa afectivo interno.
Lola Muñoz-Suazo

19/02/2026

Trauma relacional y construcción identitaria en la adolescencia:

Entre la búsqueda de pertenencia y la tentación de la identidad rígida

Resumen

La adolescencia constituye una etapa crítica de reorganización neurobiológica, emocional y simbólica. Cuando esta etapa se desarrolla en contextos de trauma relacional (caracterizados por inseguridad vincular, humillación, negligencia emocional o invalidación persistente)la construcción identitaria puede orientarse hacia modelos rígidos y polarizados. Este artículo analiza cómo el trauma relacional interfiere en la integración del self y favorece la adhesión a identidades cerradas, especialmente en entornos socioculturales polarizados y digitalizados. Se proponen líneas de intervención clínica y educativa centradas en la regulación emocional, la mentalización y el fortalecimiento del vínculo.
1.Adolescencia y reorganización del self

La adolescencia no es solo transición evolutiva; es una segunda oportunidad vincular.

A nivel neurobiológico se produce:
• Reorganización dopaminérgica (búsqueda de recompensa y pertenencia).
• Alta sensibilidad a la evaluación social.
• Maduración progresiva de la corteza prefrontal.
• Intensificación de la actividad límbica.

La identidad en esta etapa es narrativa: el adolescente necesita una historia coherente sobre quién es y dónde pertenece.

Cuando el entorno es suficientemente seguro, la identidad se construye con flexibilidad.
Cuando el entorno es traumático, la identidad puede volverse defensiva.
2. Trauma relacional: definición e impacto

El trauma relacional no siempre implica violencia explícita. Puede manifestarse como:
• Inseguridad afectiva crónica.
• Inconsistencia parental.
• Humillación reiterada.
• Invisibilidad emocional.
• Mensajes de desvalorización.
• Exigencia sin sintonía.

Desde la teoría del apego, estas experiencias alteran la regulación emocional y la percepción del otro como base segura.

Neurobiológicamente, la activación repetida del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal genera:
• Elevación sostenida de cortisol.
• Hipersensibilidad a amenaza social.
• Tendencia a la hipervigilancia o disociación.
• Dificultades en mentalización.

El adolescente traumatizado no busca ideología; busca seguridad.

3. Construcción identitaria defensiva

Cuando el self ha sido fragmentado por experiencias relacionales adversas, pueden aparecer estrategias identitarias compensatorias:

3.1 Identidad rígida como contención

Las identidades cerradas ofrecen:
• Claridad.
• Pertenencia.
• Estructura.
• Narrativa coherente.
• Canalización de rabia.

En contextos sociopolíticos polarizados, discursos autoritarios pueden proporcionar una estructura identitaria fuerte, especialmente si prometen:
• Recuperación de poder.
• Restitución simbólica.
• Orden moral.
• Enemigo externo claro.

3.2 Fusión identidad-ideología

Cuando la ideología se convierte en sostén del yo, cualquier cuestionamiento es vivido como ataque personal.
Se reduce la tolerancia a la ambigüedad y aumenta el pensamiento dicotómico.

4. Género y trauma identitario

Las dinámicas de género influyen significativamente.

En algunos varones adolescentes con experiencias de humillación o fracaso:
• La identidad autoritaria puede funcionar como compensación narcisista.
• Se rigidiza la masculinidad.
• Se desplaza la vulnerabilidad hacia agresividad externa.

En algunas adolescentes:
• Puede aparecer retraimiento, autoexigencia extrema o fusión con ideologías de pertenencia excluyente.

La identidad de género y la ideología pueden entrelazarse como estrategia de regulación emocional.
5. Triángulo Dramático y macro-dinámicas sociales

Desde el modelo del Triángulo Dramático de Karpman, las dinámicas identitarias polarizadas reproducen:
• Víctima colectiva (“nos atacan”).
• Perseguidor (“ellos”).
• Salvador (“el líder o la ideología”).

Este esquema ofrece coherencia emocional a quienes han vivido desorganización vincular.

El riesgo es que el trauma individual se inserte en un guion colectivo que perpetúa la escisión.

6. Claves de intervención

6.1 En consulta
• Validar la emoción sin reforzar la deshumanización.
• Fortalecer mentalización.
• Trabajar tolerancia a la ambigüedad.
• Reconstruir narrativa personal más allá de la ideología.
• Explorar experiencias de humillación o invisibilidad.

6.2 En familia
• Reducir confrontación directa.
• Fomentar diálogo reflexivo.
• Establecer límites firmes sin humillar.
• Modelar pensamiento complejo.

6.3 En escuela
• Educación emocional aplicada.
• Debate estructurado con reglas de respeto.
• Programas de pensamiento crítico.
• Espacios de pertenencia no excluyente.

7. Conclusión

La radicalización identitaria adolescente no puede entenderse solo como fenómeno ideológico. Con frecuencia es expresión de trauma relacional no elaborado.

Cuando el adolescente encuentra:
• Vínculo seguro,
• Reconocimiento auténtico,
• Espacios de diálogo,
• Regulación emocional,

la identidad puede flexibilizarse y complejizarse.

La adolescencia es un laboratorio identitario.
Si el trauma ofrece rigidez, el vínculo puede ofrecer integración.
Lola Muñoz-Suazo.

31/01/2026

La belleza como guion emocional impuesto
La belleza no nace en la infancia: se instala.
Aproximadamente entre los3 y 7 años, las niñas forman la base de su autoconcepto corporal. En ese periodo, el cerebro es especialmente plástico y sensible a mensajes repetitivos. Si a esa edad el entorno les dice que “ser hermosa” es imprescindible, el cerebro lo aprende con la misma facilidad con la que aprende los colores o las letras… pero con un impacto emocional mucho mayor.
La belleza se convierte así en una tarea, no en una experiencia.
Y una tarea que nunca se termina… porque nunca es suficiente.
Los juguetes como emisarios del mandato estético

Antes los juguetes decían: “explora, ensucia, imagina”.
Muchos juguetes actuales dicen: “alisate, maquíllate, embellece”.

Ejemplos concretos
• Set de maquillaje “para niñas de 3 años” (sí, 3… el preescolar cosmético).
• Muñecas con cinturas imposibles, pestañas de 3 cm y piernas kilométricas.
• Maletines de “miniestetista”.
• Juguetes que promueven rutinas de “skincare infantil”.
Este tipo de objetos no son inocentes: funcionan como modelos de rol simbólicos. En neurociencia del desarrollo se sabe que lo que se juega es lo que se queda: el juego es ensayo de identidad.
Si juegan a embellecerse, ensayan que su valor depende de ser estéticas.

3. ¿Por qué es especialmente nocivo para la construcción de sí mismas?

a) Porque adelanta la adolescencia emocional

El interés por los cosméticos forma parte del desarrollo… pero más adelante.
Cuando aparece a los 7, 6 o incluso 5 años, el cerebro entra en una especie de pubertad emocional prematura, con preocupaciones que no está preparado para manejar.

b) Porque desplaza la curiosidad natural

Las niñas dejan de jugar a explorar para jugar a “corregirse”.
El mensaje inconsciente: “no estás bien así, hay que arreglarte”.

A nivel dopaminérgico es peligroso: se sustituye la dopamina de la exploración por la dopamina de la aprobación externa. Y eso es adictivo.

c) Porque vincula autoestima con apariencia

El yo se forma a partir de tres pilares:
1. Competencia
2. Vinculación
3. Autonomía

El mandato estético se cuela y crea un cuarto pilar disfuncional:
la apariencia como base del valor personal.

Las causas: ¿por qué está ocurriendo esta aceleración?

1. La hipers*xualización mediática

El mercado ya no vende maquillaje: vende identidad.
Vende pertenecer.
Vende “convertirte en alguien”.

Las niñas absorben esos mensajes porque su cerebro simbólico está en expansión y su pensamiento aún es literal: si ven a una niña influyente maquillándose para ser “bella”, lo interpretan como norma.

2. La industria que coloniza el juego
Antes jugaban con muñecas que eran bebés.
Ahora juegan con muñecas que son influencers.

La función del juguete pasó de simular el cuidado (nutrición) a simular la auto-ornamentación (apariencia). Es un cambio epigenético del juego.

El patriarcado en versión rosa millennial
Este es el dragón más evidente.
El ideal de belleza es un mandato de género que:
• controla la conducta,
• restringe la libertad,
• y mantiene ocupada la mente femenina desde muy temprano.
Si una niña pasa una infancia entera pendiente de cómo se ve, difícilmente podrá dedicarse a cómo se siente.
Las redes sociales y el espejo infinito
Las niñas ya no viven en un mundo de juego simbólico, sino en un mundo de comparaciones constantes.
El cerebro infantil no puede procesar la sobreestimulación estética de TikTok o Instagram sin internalizar que “la apariencia importa”.
La ansiedad estética de las madres y el neoliberalismo emocional
Muchas madres viven presión estética y, sin querer, se la transmiten.
El mercado ha conseguido transformar los cuidados corporales en “rutinas de rendimiento”.
Las niñas lo observan y lo replican. Lola Muñoz-Suazo.

31/01/2026

Trastornos de la Conducta Alimentaria: cuerpos en conflicto, cerebros en alerta y emociones en silencio
Introducción

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) representan una de las formas más dolorosas de sufrimiento psicológico contemporáneo. No se trata de un simple problema de alimentación, sino de una ruptura profunda entre el cuerpo, la emoción y la identidad, atravesada por presiones culturales, mandatos de género y respuestas neurobiológicas al estrés.
Bajo la apariencia de control —“comer menos”, “contar calorías”, “purificarse”, “entrenar más”—, late una búsqueda desesperada de equilibrio, seguridad y aceptación.
El cuerpo se convierte así en un lenguaje de la emoción reprimida, un campo de batalla donde la mente intenta reparar lo que el entorno fracturó.

1. Qué es un TCA

Un Trastorno de la Conducta Alimentaria es una alteración persistente de los hábitos alimentarios o de la percepción corporal que interfiere significativamente con la salud física y emocional.
Entre los más frecuentes se encuentran la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón y los trastornos especificados no clasificados (TCANE).
Más allá del diagnóstico, los TCA expresan una dificultad para regular las emociones y una necesidad de control frente al caos interno.

2. Prevalencia según género e identidad

Durante décadas, los TCA se consideraron “trastornos femeninos”, invisibilizando a los hombres y a las diversidades de género. Hoy sabemos que las cifras se están transformando.
En adolescentes, la prevalencia global se sitúa en torno al 2,7% (3,8% en mujeres y 1,5% en hombres). Las personas trans y no binarias presentan mayor prevalencia y riesgo, debido al conflicto entre cuerpo, identidad y aceptación social.
La lectura desde la perspectiva de género invita a ir más allá de la estadística: el modo de enfermar también tiene género.

3. El aumento de casos: una sociedad que devora y se devora

Según Nature Mental Health (2024), los casos aumentaron un 30% desde la pandemia, y la edad de inicio se ha adelantado hasta los 9–11 años.
Las causas incluyen la pandemia, redes sociales, presión estética, inseguridad emocional y mandatos de control corporal.
Vivimos en una cultura que exige control, productividad y perfección; caldo de cultivo para que el cuerpo se convierta en refugio o prisión.

4. Causas neurobiológicas y emocionales

Los TCA son multicausales y se desarrollan en la intersección entre biología, emoción y entorno.
Incluyen alteraciones en dopamina, serotonina y noradrenalina; hiperactivación de la amígdala; disminución del control prefrontal; y alta comorbilidad con TDAH y ansiedad.
A nivel psicológico, destacan el perfeccionismo, la alexitimia y el apego inseguro. Los TCA pueden entenderse como estrategias de supervivencia emocional.

5. Perspectiva de género y contexto sociocultural

La sociedad convierte el cuerpo en capital simbólico. Desde la infancia, los mensajes son claros: “Si eres delgada, te verán. Si eres fuerte, te respetarán.”
El patriarcado y la cultura de la imagen modelan cerebros que asocian el amor con la aprobación estética. En varones, la cultura fitness deriva en vigorexia; en diversidades, el cuerpo se vuelve territorio de lucha.

6. Factores familiares y educativos

Los estilos parentales influyen poderosamente: el autoritario refuerza el control, el permisivo la impulsividad, el negligente el vacío emocional.
El acompañamiento empático y la validación emocional reducen el riesgo, especialmente en adolescentes con TDAH.

7. Hacia una comprensión integradora y empática

Los TCA no se curan solo con menús o pesajes; se reparan en el vínculo, en la mirada que no juzga y en la emoción que se atreve a ser nombrada.
Requieren intervenciones multidisciplinarias y una ética del cuidado basada en la ternura organizada.

8. Conclusiones

Los TCA son un espejo donde nuestra cultura refleja su desamor. Son una forma silenciosa de decir “no puedo más” en sociedades que premian el control y castigan la vulnerabilidad.
Mirarlos desde la neurociencia y la perspectiva de género permite comprender que no hay cuerpo enfermo sin emoción silenciada, ni emoción silenciada sin historia.
Lola Muñoz-Suazo

Referencias seleccionadas
• Murray, S. B., et al. (2023). Gender and s*x in eating disorders: A narrative review. Frontiers in Psychology / PMC.
• National Institute of Mental Health (2023). Eating Disorders Statistics.
• Nature Mental Health (2024). Global rise in eating disorders post-pandemic.
• International Journal of Pediatrics (2025). Prevalence of eating disorders in children and adolescents: a meta-analysis (1999–2022).
• National Eating Disorders Association (2024). Risk factors and prevention strategies.
• Scielo (2023). Influence of family and school in body dissatisfaction among adolescents.

15/12/2025
01/11/2025

La pedagogía del antídoto: cultivar la tolerancia y la ternura como forma de resistencia

Hay heridas que no sangran: laten en la respiración contenida, en el gesto crispado, en el cuerpo que no soporta el disenso.
La intolerancia nace allí, en la incapacidad de permanecer dentro del propio malestar sin estallar o huir.
Por eso, la tolerancia no se enseña con sermones morales; se aprende en el cuerpo que respira y espera.

En consulta lo veo cada día: detrás del grito hay un sistema nervioso desbordado, una amígdala encendida que confunde diferencia con peligro.
Cuando alguien reacciona con odio, en realidad está diciendo: “No sé cómo sostener lo que me duele.”
El intolerante no teme al otro: teme a su propia vulnerabilidad reflejada en el otro.

Antes de hablar de tolerancia, deberíamos hablar de regulación. Respirar es la forma más primitiva de tolerar.
La exhalación larga calma la tormenta interior y abre espacio a la palabra.
Nombrar la emoción sin culpa —“siento miedo”, “siento rabia”— es un acto de higiene neuronal: devuelve oxígeno a la razón y ternura al juicio.

Educar en tolerancia, desde la clínica o desde el aula, es enseñar a convivir con la diferencia sin sentirla como amenaza.
Es enseñar a la mente infantil que el desacuerdo no destruye el vínculo, que la diversidad puede ser curiosidad y no castigo.
Cada vez que un adulto escucha sin imponer, el cerebro del niño o la niña aprende que el mundo puede ser seguro incluso cuando no lo entiende todo.

En la sociedad ocurre igual.
El odio se expande cuando hay miedo y pobreza emocional.
Una comunidad que no se siente segura busca culpables.
Una comunidad que se siente mirada con empatía busca soluciones.
Por eso la política del cuidado es también una política de regulación: sin calma no hay pensamiento, sin pensamiento no hay justicia.

La tolerancia no significa neutralidad. Significa responder sin reproducir la herida.
Poner límites sin humillar, decir no sin perder la ternura.
Es el arte de sostener firmeza con suavidad, como quien sujeta la rama de un árbol para que el viento no la quiebre.

Y entonces, desde esa pausa corporal y ética, ocurre lo humano:
el rostro del otro deja de ser una amenaza y vuelve a ser un espejo.
La intolerancia se desarma cuando el alma es capaz de permanecer abierta ante el misterio de lo distinto.
Tolerar, al fin, es un acto profundamente poético:
unirse al pulso del mundo sin exigirle que sea igual a uno.
Ternura como forma de resistencia
Hay fuerzas que no se vencen: se abrazan hasta que pierden filo.
La ternura no es debilidad; es el pulso más fuerte de la vida, el que insiste en cuidar incluso cuando todo invita a endurecerse.
En los contextos de trauma, la ternura actúa como una neurovitamina: restaura la confianza en el cuerpo y en el mundo, regula el cortisol, despierta la oxitocina, repara el vínculo.
En la clínica, la ternura se traduce en presencia: el gesto que no invade, la voz que acompasa, la mirada que sostiene sin exigir.
Cada microsegundo de seguridad compartida reorganiza circuitos, devuelve plasticidad a lo que se había vuelto rígido.
Es así como el amor se vuelve sinapsis, como la empatía se convierte en arquitectura neuronal.

Resistir con ternura es negarse a repetir la lógica del daño.
Es comprender que el poder no está en dominar, sino en persistir en la humanidad cuando otros la abandonan.
Es ofrecer cuidado en medio del ruido, y silencio donde antes hubo juicio.

La ternura no borra las heridas, pero les enseña un lenguaje nuevo: el del respeto, la calma, la memoria emocional reconciliada.
Por eso, cada acto de ternura —en consulta, en casa, en la calle— es una forma de resistencia biológica y ética.
Porque el cerebro humano, cuando se siente amado sin condición, deja de pelear… y empieza a aprender de nuevo. Lola Muñoz-Suazo

Dirección

Avenida Emilio Lemos, Nº 2, 5ª Planta, Módulo 510. 3
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41020

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Martes 08:00 - 20:30
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Jueves 08:00 - 20:30
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