19/04/2026
¡Que pena tanto odio! ¡Qué dolor ver como casi noventa años después se sigue mintiendo sobre un suceso tristísimo pero fortuito, injuriando y calumniando a dos personas inocentes como se demostró en juicio penal de 1935 y ratificó un Consejo de Guerra en 1942!
San Julián no fue incendiado por unos “descerebrados” como osadamente se atreve a afirmar en instagram ni por dos "degenerados" como se publicitó por la prensa en 1932.
Las autoridades concluyeron que el incendio fue fortuito. El interés de algunos en intentar demostrar una intencionalidad política al incendio llevó a la detención de dos personas que más tarde se demostró que eran inocentes: el supuesto incendiario, Rafael García Aguilar, y su supuesto cómplice, Antonio Lagares Vinot. Tras tres años en prisión preventiva, en un primer juicio por los supuestos intentos de incendios de San Gil, Capuchinos y la casa del párroco de San Julián, fueron declarados inocentes por un jurado popular. En un segundo juicio, por el incendio de San Julián, antes de terminar la vista, el fiscal retiró los cargos contra Lagares por cómplice, y mantuvo la acusación contra García Aguilar, que fue declarado inocente por otro jurado popular.
En 1942, se practicó Consejo de Guerra contra Lagares, y el tribunal sentenció su absolución, considerando “Que aunque se le imputa participación en el incendio y destrucción de la Iglesia de San Julián de Sevilla, este lamentable hecho no puede ser objeto de este procedimiento, por estar comprendido en la amnistía y porque no se ha acreditado que fuese condenado como autor del expresado delito”.
No es casual que, año tras año, se utilice, como se hace por Conocer Sevilla, las acusaciones del fiscal, sin aclarar que en el juicio el mismo retiró la imputación contra Lagares. Como no es casual que, publicación tras publicación, se minusvalore que un tribunal con jurado popular los declarase inocentes.
No. Se llama homofobia, porque Lagares y García eran homosexuales, como se empeño en señalar la prensa de la época para mostrar la “maldad” de los acusados. Y se llama odio, porque se insiste en culpabilizar a unas víctimas inocentes por su extracción social y económica.