17/05/2020
Ser padres no es fácil, todos los que estamos aquí lo sabemos. Los niños no vienen con un manual de instrucciones, los seres humanos somos así. No lo aprendimos todo en la escuela o en ningún centro formativo.
Los padres y madres proyectamos en nuestros hijos nuestras expectativas de la vida, nuestras frustraciones, nuestras etapas de la infancia o adolescencia sin resolver, nuestros "hubiera" y nuestras necesidades insatisfechas, esperando inconscientemente que ellos se conviertan en una extensión de nosotros mismos y que cierren esos asuntos inconclusos. Conocer la "parte oculta" de nuestra relación, comprender por qué ese hijo/a, específicamente ése/a, nos saca tan fácil de nuestras casillas, por qué nos desagrada, por qué nos es tan difícil amarlo, por qué estamos empeñados en cambiarlo, por qué lo presionamos con tal insistencia para que haga o deje de hacer, nos abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en la relación con él/ella. Darnos cuenta contribuye a transformar los sentimientos de rechazo, rencor y su consecuente culpa, que pueden resultar devastadores, facilitando el paso al único sentimiento que sana, une y transforma: el amor.
Especialmente, durante las etapas del embarazo, parto y puerperio, la psique femenina transita por un estado diferente emocional y consciencial, desvelándose aspectos desconocidos y/o negados y afloran nuevas emociones y conflictos del pasado que influyen con fuerza en el presente. Después, cada etapa de la crianza y desarrollo de nuestros/as hijos/as nos ponen en desafíos diferentes y nos pondrán a prueba toda nuestro sistema intelectual, emocional e instintivo.
Los conflictos que solemos encontrar en las familias suelen ser de dos tipos: los interpersonales y los individuales.
Los interpersonales son los primeros en abordar, ya que en la relación con los otros, la persona es más capaz de darse cuenta de lo limitante de su sufrimiento. Se pueden dar dificultades de comunicación, de confianza, de compromiso entre parejas o entre padres/madres e hijos suelen conformarlo.
En cambio, los conflictos internos son más difíciles de detectar y constituyen la base de numerosas dificultades en la vida en familia ya que, al no darnos cuenta de ellos, hacemos a los demás responsables de ellos, generando dinámicas poco saludables.
Es cuando estos conflictos y situaciones indeseadas se convierten en la dinámica diaria de una persona o de una familia cuando es efectiva la terapia. Toda terapia involucra una mirada al pasado y una reinmersión en las vivencias que particularmente causaron dolor, agresión y frustración para una vez reconocido y aceptado, llegar al amor a través de un “hacer las paces” con lo que sucedió y todo ello conlleva comprensión, compasión y perdón.
Isabel Berbel.