15/04/2026
Últimamente observo algo.
Cada vez más, el discurso nos empuja a vivirnos como un proyecto.
Un cuerpo que mejorar.
Una mente que controlar.
Una vida que optimizar.
Esto lo vemos claramente en el fitness…
pero cuidado, porque también está pasando en la espiritualidad.
Ahora no solo hay que estar en forma.
También hay que estar en calma.
Sanada/o.
Equilibrada/o.
Como si todo en nosotras/os tuviera que arreglarse.
Y sí, claro que todos tenemos cosas que mejorar.
Física, mental y emocionalmente.
Pero ese no es el problema.
El problema es vivir desde la sensación constante de que hay algo en ti que no está bien.
De que siempre hay un siguiente nivel al que llegar, que muchas veces es inalcanzable, insostenible y, por tanto, irreal.
Y cuando vivimos así,
vivimos desde la carencia.
Desde lo que falta.
Desde lo que no es suficiente.
Y desde ahí es muy difícil sentir paz,
tranquilidad o felicidad.
Veo como empezamos a medir el valor de una persona
por su físico
—y a eso asociamos disciplina y constancia—
o por su capacidad de estar bien.
Como si eso definiera quién eres.
Y no.
La vida no es lineal.
No todos los momentos permiten lo mismo.
No siempre podemos con todo.
No siempre estamos bien.
Y eso también forma parte.
Y a veces, lo que toca…
no es mejorar.
Es aceptar.
Escuchar.
Sostener.
Quizá no necesitamos más exigencia.
Ni más auto-mejora constante.
Quizá necesitamos volver a lo esencial.
Habitar el cuerpo como casa,
no como proyecto.
Escuchar lo que hay,
sin convertirlo automáticamente en algo que arreglar.
Y desde ahí, sí:
cuidarte, moverte, decidir…
pero desde el criterio, no desde la exigencia.
De ahí nace este retiro.
Quedan 4 plazas.
Si te resuena, escríbeme.