12/01/2026
Recuerdo a una mujer adulta, entre 30 y 45 años, que llegó a consulta después de un periodo largo sintiéndose “apagada”. Para cuidar su privacidad, la llamaremos Laura.
Laura no siempre se había sentido así. No hablaba de una tristeza intensa todo el tiempo, sino de algo más silencioso y persistente. Se despertaba cansada, incluso después de haber dormido. Las mañanas le costaban especialmente: levantarse, ducharse, empezar el día requería un esfuerzo que antes no necesitaba hacer. Actividades que solían resultarle agradables habían ido perdiendo sentido; no es que no pudiera hacerlas, es que ya no encontraba motivación real para ello.
En las sesiones describía una sensación constante de peso interno, como si todo le exigiera más energía de la que tenía disponible. Le costaba concentrarse, tomaba decisiones simples con dificultad y se reprochaba no “funcionar” como antes. Aparecían pensamientos de culpa —sentirse una carga, pensar que estaba fallando— y una autocrítica muy dura, especialmente cuando se comparaba con otras personas que, desde su mirada, “podían con todo”.
En lo corporal, el malestar también estaba presente. El apetito era irregular, había perdido algo de peso sin proponérselo y el sueño no resultaba reparador. Aunque no siempre se sentía triste, sí se sentía vacía, desconectada, como si estuviera atravesando los días en automático. Desde fuera, su vida seguía en pie; por dentro, ella sentía que apenas lograba sostenerla.
En el espacio terapéutico, el trabajo no fue “convencerla de estar bien”, sino ayudarla a comprender qué le estaba ocurriendo, poner nombre a su experiencia y empezar a tratarla con más cuidado. Fuimos identificando cómo ese estado se había ido instalando de manera progresiva: acumulación de exigencias, dificultad para registrar sus propios límites, tendencia a priorizar siempre a otros y a minimizar su propio malestar.
En una de las sesiones, le propuse —solo si le parecía adecuado— realizar una pintura sobre cómo creía que se veía aquello que estaba sintiendo. No como técnica artística, sino como una forma distinta de expresión. Laura aceptó.
La pintura mostraba un uso predominante de colores oscuros y apagados, con trazos que giraban repetidamente en el centro del lienzo, sin apenas expansión hacia los bordes. Al observarla juntas, no buscamos interpretaciones simbólicas complejas. Nos detuvimos en algo más sencillo y clínicamente relevante: la sensación de estancamiento, de cansancio profundo y de dificultad para movilizarse. Ver esa experiencia fuera de sí le permitió reconocer con mayor claridad el estado en el que se encontraba y validar que lo que vivía tenía entidad, no era exageración ni debilidad.
A lo largo del proceso, Laura no “salió” de la depresión de un día para otro. Lo que fue cambiando, poco a poco, fue su forma de relacionarse con ella. Empezó a reconocer antes sus señales, a regular mejor sus tiempos, a reducir la autoexigencia y a aceptar que pedir ayuda también forma parte del cuidado. La energía fue regresando de manera gradual, no como un impulso repentino, sino como algo que se reconstruye paso a paso.
Hoy Laura no se define por su diagnóstico ni por ese periodo de su vida. Tiene más recursos para escucharse, para frenar cuando lo necesita y para no exigirse más de lo que puede sostener.
Si al leer esta historia reconociste algo de ti —el cansancio que no se va, la pérdida de interés, la culpa constante, la sensación de ir sobreviviendo más que viviendo—, no es casualidad. La depresión no siempre grita; muchas veces se manifiesta en silencios prolongados y en un desgaste que se normaliza.
El acompañamiento terapéutico es un espacio para entender lo que ocurre, abordarlo con rigor clínico y, sobre todo, con humanidad. Cuando lo sientas oportuno, este espacio también puede ser para ti.