22/04/2026
Cuando un amigo al que quieres mucho, muere, tu corazón se desgarra, tu pecho aprieta y tus ojos se inflaman de tantas lágrimas que se acumulan y no paran de brotar.
La incredulidad se mueve de un lado a otro.
Te cuestionas la vida, la muerte y la existencia.
Te preguntas por qué? Por qué tan pronto? Por qué tan joven? Por qué ella o a él?
Te enfadas, mucho, y piensas que la vida no es justa. Que mucha gente que hace el mal sigue viva y que muchos buenos se van.
Piensas en sus hijos, en lo difícil que les será “caminar” cuando no entiendan porqué no pueden tener a su mamá o a su papá. Y te repites que ningún niño debería de pasar por eso.
Y de nuevo en el corazón te atraviesa la pena, la impotencia, la tristeza y la frustración.
Cuando se muere tu amiga, te pones los audios que te mandó en bucle, escuchando una vez más su voz. Sus: “ que te quiero mucho” y sus “te quiero bonita mía, te amo, te amo”
Relees las conversaciones y tratas de llevar a tu cuerpo cada sensación bonita que viviste junta a ella.
Cuando se muere tu amiga, tu amigo, una parte de ti se va, lejos, muy lejos, con ella. Tratando de cuidarla allá donde esté. Tratando de permitir que la transición entre la vida, la muerte y el más allá sea llenito de amor y de paz.
Tanto amor y tanta paz como esa persona te regaló.
Te quiero amiga mía, gracias por quererme tanto, pero tanto tanto, por hacerme sentir tan amada por ti, por enseñarme a ver la vida desde la fuerza y la calma, por decirme que era una persona con una luz especial, por dejarme acompañarte en tu enfermedad y por no soltar mi manita nunca. Por dejarme coger tu mano y darte un último besito en la frente. Te amo, te amo y te amo.
Por todos los amigos que se van. Pero no nos sueltan la mano jamás.