30/03/2026
La madre perfecta no existe. Y si crees que existe, es que no la conoces por dentro.
Todas las madres que conozco —y llevo más de veinte años escuchándolas— tienen en común una cosa: la sensación de que están fallando.
La que trabaja, falla. La que no trabaja, también. La que grita, la que sobreprotege, la que da demasiado, la que no da suficiente.
El ideal de madre perfecta es una trampa diseñada para que nunca llegues. Es un listón que sube cada vez que te acercas.
Y lo más retorcido es que ese ideal no te hace mejor madre. Te hace una madre más ansiosa, más exigente contigo misma, y paradójicamente... más ausente. Porque cuando estás pendiente de si lo estás haciendo bien, no estás presente con tu hijo.
Lo que de verdad necesitan los niños no es una madre perfecta. Necesitan una madre real. Que se equivoca. Que repara. Que vuelve.
Equivocarse no te rompe el vínculo. Reparar lo fortalece.
Así que la próxima vez que falles —y vas a fallar, porque eres humana—, no te castigues. Vuelve. Explica. Pide perdón si hace falta.
Eso sí es crianza. Lo otro es performance.
¿Te identificas? Cuéntame en comentarios.