Vicente Laparra

Vicente Laparra Profesor de Medicina Tradicional China - Quiromasaje - Radiónica - Reiki - Osteopatía visceral.

LA MIRADA QUE NO SOSTUVOEl aprendiz Taro tenía una costumbre silenciosa:cuando alguien lo miraba a los ojos, bajaba la m...
04/02/2026

LA MIRADA QUE NO SOSTUVO

El aprendiz Taro tenía una costumbre silenciosa:
cuando alguien lo miraba a los ojos, bajaba la mirada al instante.

No era timidez.
Era incomodidad.

Un día, mientras ayudaban en la cocina, el maestro Kaisen se lo señaló sin reproche.

—Siempre miras al suelo cuando alguien te mira.

Taro se tensó.

—No me gusta sentirme visto —respondió—. Siento que debo mostrar algo que no tengo.

Kaisen continuó cortando verduras.

—Cuando evitas la mirada —dijo—, no te escondes de los demás. Te escondes de ti mismo.

Taro frunció el ceño.

—¿Y si no me gusta lo que encuentro?

El maestro levantó la vista y sostuvo la mirada de Taro con calma.

—Entonces es ahí donde empieza el trabajo.

El silencio se volvió espeso.
Taro sintió el impulso de apartarse… pero no lo hizo.

No pasó nada extraordinario.
Nadie lo juzgó.
Nadie le pidió nada.

Solo ocurrió algo nuevo:
descubrió que podía sostener la mirada sin desaparecer.

Más tarde, comprendió que había pasado años confundiéndose:
no temía ser visto…
temía quedarse.

EL GESTO QUE NADIE NOTÓEl aprendiz Ren hacía siempre lo mismo antes de entrar al templo:alineaba las sandalias con cuida...
02/02/2026

EL GESTO QUE NADIE NOTÓ

El aprendiz Ren hacía siempre lo mismo antes de entrar al templo:
alineaba las sandalias con cuidado, limpiaba el borde de la puerta y luego pasaba.

Nadie lo sabía.
Nadie lo miraba.

Un día dejó de hacerlo.
Entró sin ordenar, sin limpiar, sin detenerse.

Y algo dentro de él se sintió extraño.

Esa tarde se lo dijo al maestro Yūgen.

—Maestro, hago un gesto pequeño cada día, pero nadie lo ve. Hoy no lo hice… y me sentí vacío.

Yūgen no respondió de inmediato.

—¿Para quién lo hacías? —preguntó al fin.

Ren dudó.

—No lo sé… supongo que para que todo estuviera bien.

El maestro asintió.

—Entonces no era un gesto pequeño —dijo—. Era una forma de estar presente.
Lo que no se ve también sostiene el lugar donde ocurre.

Ren bajó la mirada.

—Cuando dejaste de hacerlo —continuó—, no faltó orden fuera.
Faltó atención dentro.

Ren comprendió algo nuevo:
había estado esperando que alguien notara su cuidado, cuando en realidad ese cuidado lo estaba formando a él.

Al día siguiente volvió a alinear las sandalias.
No con orgullo.
No con espera.

Solo con presencia.

Y eso fue suficiente.

EL PASO QUE NO DABAEl aprendiz Ichi siempre se quedaba un poco atrás.No lo hacía a propósito. Simplemente, cuando el gru...
30/01/2026

EL PASO QUE NO DABA

El aprendiz Ichi siempre se quedaba un poco atrás.
No lo hacía a propósito. Simplemente, cuando el grupo avanzaba, él tardaba un instante más en dar el paso.

Un día, durante una caminata, el maestro Eno se detuvo.

—¿Por qué te quedas atrás? —preguntó.

Ichi dudó.

—No lo sé… siento que, si avanzo demasiado rápido, algo se romperá.

El maestro lo miró con atención.

—¿Qué?

—Yo —respondió.

Caminaron en silencio unos metros más. El grupo se alejaba.

—No temes al paso —dijo Eno—. Temes a lo que ocurre después de darlo.
Porque avanzar significa dejar de ser quien eras hace un momento.

Ichi sintió un n**o en el pecho.

—¿Y si no me reconozco? —preguntó.

El maestro se detuvo y señaló el suelo.

—Cada huella deja de serte familiar en cuanto la das.
Si esperas sentirte seguro antes de avanzar, te quedarás viviendo siempre en el mismo instante.

Ichi respiró hondo.
No se sintió preparado.
No se sintió valiente.

Pero dio el paso.

No pasó nada extraordinario.
El mundo no se rompió.
Él tampoco.

Solo comprendió algo simple:
no avanzar también es una forma de miedo…
solo que más silenciosa.

EL CANSANCIO QUE NO SE IBAEl aprendiz Sora estaba cansado desde que abría los ojos.No importaba cuánto durmiera ni cuánt...
28/01/2026

EL CANSANCIO QUE NO SE IBA

El aprendiz Sora estaba cansado desde que abría los ojos.
No importaba cuánto durmiera ni cuánto descansara: el agotamiento seguía ahí, silencioso y constante.

Un día se lo dijo al maestro Kiyō.

—Maestro, descanso… pero no me recupero.

Kiyō lo miró un instante y le hizo una pregunta inesperada:

—¿Cuándo fue la última vez que dejaste de explicarte?

Sora no entendió.

—Siempre estás justificando —continuó el maestro—.
Por qué hiciste algo.
Por qué no lo hiciste mejor.
Por qué deberías sentirte distinto.
Eso también cansa.

Caminaron juntos hasta el borde del templo. El maestro se sentó sin decir nada.

—Si no haces nada… ¿qué pasa? —preguntó.

Sora se sentó a su lado. Al principio sintió incomodidad. Luego ansiedad. Luego… nada.

—El cuerpo se agota cuando la mente no descansa —dijo Kiyō—.
Y la mente no descansa cuando se vive en constante defensa de uno mismo.

Sora respiró hondo.

—Entonces… ¿qué debo hacer?

—Deja de justificarte por existir —respondió el maestro—.
El descanso empieza cuando no necesitas darte permiso.

Esa noche, Sora no durmió más horas.
Pero por primera vez… se levantó más liviano.

LA ESPERA QUE NO TERMINABAEl aprendiz Ryo tenía una frase que repetía en silencio: “cuando esté listo”.Cuando esté listo...
26/01/2026

LA ESPERA QUE NO TERMINABA

El aprendiz Ryo tenía una frase que repetía en silencio: “cuando esté listo”.
Cuando esté listo, hablaré.
Cuando esté listo, cambiaré.
Cuando esté listo, empezaré.

Vivía así, esperando una señal interior que nunca llegaba.

Una tarde se lo confesó al maestro Bunsei.

—Siento que aún no estoy preparado —dijo—. Prefiero esperar.

Bunsei lo llevó hasta el borde del campo donde cultivaban arroz.
Señaló la tierra húmeda.

—¿Ves ese suelo?

—Sí.

—Nunca está listo —respondió el maestro—. Siempre está demasiado seco, demasiado mojado, demasiado frío o demasiado caliente.
Y aun así… se siembra.

Ryo lo miró sin responder.

—La preparación absoluta es una excusa elegante para no arriesgarse —continuó Bunsei—. No esperas estar listo. Esperas no sentir miedo.

Ryo sintió un n**o en el pecho.

—¿Y si fallo?

El maestro sonrió.

—Entonces habrás empezado.

Esa noche, Ryo no hizo nada heroico.
Solo dio un paso pequeño que llevaba meses aplazando.

No se sintió preparado.
Pero por primera vez… dejó de estar detenido.

Y entendió que la espera no termina cuando llega la certeza,
sino cuando decidimos movernos con lo que hay.

LA MANO QUE NO SOLTABAEl aprendiz Kosei tenía una costumbre extraña: caminaba siempre con la mano cerrada.No sostenía na...
23/01/2026

LA MANO QUE NO SOLTABA

El aprendiz Kosei tenía una costumbre extraña: caminaba siempre con la mano cerrada.
No sostenía nada, pero el puño permanecía apretado, incluso al dormir.

Un día, mientras limpiaban el pasillo, el maestro Genan lo observó.

—¿Qué llevas en la mano? —preguntó.

—Nada, maestro.

—Entonces ábrela.

Kosei lo intentó… y no pudo.
El gesto era involuntario, automático.

—¿Desde cuándo la mantienes así? —insistió Genan.

Kosei pensó un momento.

—Desde que llegué aquí.

El maestro asintió.

—Llegaste con miedo a perder. Aunque no supieras qué.

Caminaron en silencio hasta el jardín. Genan recogió un poco de arena y la dejó caer entre sus propios dedos abiertos.

—Mira —dijo—. Lo que no suelto, no fluye.
Y lo que aprieto demasiado… me duele antes de perderlo.

Kosei miró su puño cerrado. Por primera vez sintió cansancio en la mano.

—¿Cómo la abro? —preguntó.

—No la abras —respondió el maestro—. Pregúntale qué teme soltar.

Esa noche, Kosei no forzó nada.
Solo apoyó la mano abierta sobre el tatami.

El puño no se abrió del todo.
Pero por primera vez… aflojó.

Y entendió que no todo agarre protege.
Algunos solo retrasan el descanso.

LA VOZ QUE NO SALÍAEl aprendiz Mei no hablaba casi nunca.No por timidez, sino porque sentía que cada vez que abría la bo...
21/01/2026

LA VOZ QUE NO SALÍA

El aprendiz Mei no hablaba casi nunca.
No por timidez, sino porque sentía que cada vez que abría la boca decía algo innecesario. Prefería escuchar, asentir y guardar sus palabras.

Un día, durante una enseñanza, el maestro Hosan hizo una pregunta abierta.
Nadie respondió.

—Mei —dijo entonces—, habla tú.

Mei sintió un n**o en la garganta.

—No tengo nada importante que decir, maestro.

Hosan se levantó y caminó hasta la ventana.

—¿Ves ese pájaro? —preguntó—. No canta para ser importante. Canta porque está vivo.

Mei bajó la mirada.

—Tú no callas por sabiduría —continuó el maestro—. Callas por miedo a ocupar espacio.

Mei sintió que algo se abría por dentro.

—¿Y si digo algo equivocado? —preguntó.

Hosan sonrió.

—Entonces el silencio aprenderá algo nuevo.
La voz no existe para acertar, existe para aparecer.

Ese día, Mei habló poco.
No dijo nada brillante.
No sorprendió a nadie.

Pero al volver a su celda, entendió algo sencillo y profundo:
había pasado años respirando sin exhalar.

Y por primera vez, su voz dejó de ser un peso…
y empezó a ser aire.

EL ERROR QUE NO SE CORRIGIÓEl aprendiz Daigo se equivocó al copiar un texto antiguo.Cambió una palabra sin darse cuenta ...
19/01/2026

EL ERROR QUE NO SE CORRIGIÓ

El aprendiz Daigo se equivocó al copiar un texto antiguo.
Cambió una palabra sin darse cuenta y entregó el pergamino al maestro Sentei.

Horas después, al releerlo, lo vio.
El error era claro. Imperdonable.

Corrió a buscar al maestro.

—Maestro, he cometido un fallo grave. Debo corregirlo ahora mismo.

Sentei tomó el pergamino y lo leyó despacio.

—¿Sabes qué palabra has cambiado? —preguntó.

—Sí. Y altera el sentido original.

El maestro asintió.

—Entonces escúchame bien. Hoy no lo corregiremos.

Daigo se quedó helado.

—¿Por qué no?

Sentei dobló el pergamino y lo dejó a un lado.

—Porque hoy aprenderás algo más importante que copiar bien.
Aprenderás a convivir con lo que hiciste sin huir de ello.

—Pero el error queda —insistió Daigo.

—Exacto —respondió el maestro—. Y mañana también quedará.
Lo que no debe quedarse es tu necesidad de borrarte cada vez que fallas.

Daigo guardó silencio.

—El error no te define —continuó Sentei—.
Pero la prisa por esconderlo… sí dice mucho de cómo te miras.

Al día siguiente corrigieron el texto.
Pero Daigo ya no era el mismo.

Por primera vez entendió que no todo fallo exige castigo inmediato.
Algunos solo piden ser mirados sin violencia.

LA RESPIRACIÓN QUE NO LLEGABAEl aprendiz Keita creía que respiraba mal.En cada meditación sentía que el aire no era sufi...
16/01/2026

LA RESPIRACIÓN QUE NO LLEGABA

El aprendiz Keita creía que respiraba mal.
En cada meditación sentía que el aire no era suficiente, que algo se quedaba a medias, como si nunca lograra llenar del todo el pecho.

Un amanecer fue a ver al maestro Jōsen.

—Maestro, no consigo respirar como los demás. Siempre siento que me falta aire.

Jōsen no respondió.
Le pidió que se sentara frente a él y guardara silencio.

Pasaron varios minutos.

—Ahora dime —dijo el maestro—, ¿en qué momento aparece esa sensación?

Keita pensó un instante.

—Cuando intento hacerlo bien.

Jōsen asintió.

—Entonces no es tu respiración lo que falla. Es tu exigencia.

El maestro colocó una mano sobre su propio pecho.

—El cuerpo sabe respirar desde antes de que tú quieras corregirlo.
Cuando intentas controlar cada inhalación, interrumpes algo que ya estaba ocurriendo.

Keita cerró los ojos.

—No respires mejor —continuó Jōsen—. Respira menos consciente de ti.

Keita dejó de vigilar el aire.
Dejó de contar.
Dejó de buscar profundidad.

Y entonces ocurrió algo inesperado:
la respiración llegó sola.

No fue más larga.
No fue más perfecta.
Pero fue suficiente.

Keita entendió que no todo se mejora con atención.
Algunas cosas solo funcionan cuando dejamos de interferir.

EL BANCO QUE NADIE ELEGÍAEn el patio del templo había tres bancos de madera.Dos estaban siempre ocupados. El tercero, el...
14/01/2026

EL BANCO QUE NADIE ELEGÍA

En el patio del templo había tres bancos de madera.
Dos estaban siempre ocupados. El tercero, el del centro, permanecía vacío.

El aprendiz Sōma lo notó con el tiempo.
Nadie se sentaba ahí, aunque era el más estable y el mejor orientado al sol.

Un día preguntó al maestro Kairen:

—Maestro, ¿por qué nadie usa ese banco?

Kairen no respondió.
Al día siguiente, durante el descanso, se sentó en él.

Los demás dudaron. Algunos sonrieron incómodos.
Nadie se acercó.

—¿Qué sientes? —preguntó el maestro a Sōma.

—Es extraño… parece que ese banco incomoda.

Kairen asintió.

—No está vacío porque sea incómodo. Está vacío porque no pertenece a nadie.
Los otros bancos se heredan, se imitan, se ocupan por costumbre.
Este exige elección.

Sōma se quedó mirando el banco.

—La mayoría se sienta donde ya hay huellas —continuó el maestro—.
Pocos se sientan donde deben decidir quiénes son sin referencias.

Ese día, Sōma se sentó en el banco del centro.

No pasó nada extraordinario.
Pero por primera vez no sintió que estaba “encajando”.
Sintió que estaba estando.

Desde entonces, el banco dejó de estar vacío.
No porque se pusiera de moda…
sino porque alguien se atrevió a elegirlo.

EL NOMBRE QUE NADIE USABAEn el templo había un aprendiz al que todos llamaban “el chico”.No era desprecio. Simple costum...
12/01/2026

EL NOMBRE QUE NADIE USABA

En el templo había un aprendiz al que todos llamaban “el chico”.
No era desprecio. Simple costumbre. Nadie usaba su nombre.

Atsu lo notó una mañana mientras barría el patio.
Escuchó al maestro decir: “Que el chico traiga agua”.
“Que el chico cierre la puerta”.
Nunca: “Atsu”.

Un día se lo preguntó al maestro Kigen.

—Maestro, ¿por qué nadie me llama por mi nombre?

Kigen no respondió.
Al día siguiente, durante la comida, dijo en voz alta:

—Atsu, ¿puedes sentarte aquí?

El silencio fue inmediato.
Algunos monjes levantaron la vista, incómodos. Otros sonrieron sin saber por qué.

—¿Ha cambiado algo? —preguntó Kigen.

Atsu negó con la cabeza.

—Entonces escucha —dijo el maestro—. Mientras no te nombres por dentro, los demás tampoco lo harán.
Has estado aquí como función, no como presencia.

Atsu sintió un n**o en el pecho.

—¿Cómo me nombro? —preguntó.

Kigen señaló su propio pecho.

—Haz lo que haces… sabiendo que eres tú quien lo hace.
No el “chico”. No el aprendiz. Tú.

Ese día, Atsu no corrigió a nadie.
No exigió nada.

Pero caminó distinto.
Miró distinto.
Respondió distinto.

Y poco a poco, sin que nadie se diera cuenta, su nombre empezó a circular.

EL PUENTE QUE NO CRUZABA NADIEEn el límite del templo había un pequeño puente de madera que atravesaba un arroyo estrech...
09/01/2026

EL PUENTE QUE NO CRUZABA NADIE

En el límite del templo había un pequeño puente de madera que atravesaba un arroyo estrecho.
El aprendiz Shiro lo cruzaba todos los días… pero nunca miraba abajo.

Un día notó que la madera estaba desgastada solo en el centro.
Los laterales estaban intactos, como si nadie los hubiera pisado jamás.

Intrigado, fue al maestro Renkai.

—Maestro, ¿por qué todos cruzamos siempre por el mismo punto? El puente es ancho.

Renkai no respondió. Se acercó al puente, dio un paso… y cruzó por un borde.

Shiro se sorprendió.

—Nunca había pasado por ahí.

—Lo sé —dijo el maestro—. Nadie se atreve.

Shiro frunció el ceño.

—¿Por qué?

Renkai señaló las huellas del centro.

—Porque donde ya han pasado otros… creemos que es más seguro.
Y sin darnos cuenta, cruzamos la vida siempre por el mismo lugar.

El aprendiz miró el agua.

—¿Y si me equivoco al elegir otro borde?

El maestro sonrió.

—Entonces descubrirás algo que nadie ha visto todavía.

Shiro respiró hondo.
Cruzó otra vez, esta vez por el lateral.

El puente no cambió.
El arroyo no cambió.

Lo que cambió fue él.

Por primera vez, entendió que no todos los caminos nuevos están lejos…
algunos empiezan medio paso a un lado.

Dirección

Valencia
46008

Horario de Apertura

Miércoles 09:00 - 12:00
16:00 - 20:00
Viernes 09:00 - 12:00
16:00 - 20:00

Teléfono

649 52 90 40

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Vicente Laparra publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir

Share on Facebook Share on Twitter Share on LinkedIn
Share on Pinterest Share on Reddit Share via Email
Share on WhatsApp Share on Instagram Share on Telegram

Categoría

NUESTRA INSPIRACIÓN

Escuela multidisciplinar con orientación formativa hacia la totalidad y la integración del ser. Nuestro principal objetivo es situar al ser humano en su centro, en cualquier ámbito o circunstancia que se pueda necesitar trabajando desde las siguientes áreas formativas:


  • Medicina tradicional China

  • Radiestesia