25/01/2026
VALÈNCIA NO NECESITA PARA NADA UN HOTEL DE TREINTA ALTURAS — MÁS DE CIEN METROS— EN EL PUERTO.
NO A ESE HOTEL - SI A LA TASA TURÍSTICA QUE AYUDE A COMPENSAR ALGUNOS DE LOS PROBLEMAS QUE GENERA EL TURISMO A LOS VECINOS Y VECINAS DE ESTA CIUDAD.
No hay duda. Si hay algo que València no necesita para nada es un hotel de treinta alturas — más de cien metros— en el puerto, ese pequeño Distrito Federal en el que manda la autoridad portuaria, que, es bien sabido, se pasa los intereses de la ciudad por el forro. Lo que ganamos el resto es un mamotreto que se cargará el skyline de la ciudad para que vengan turistas con posibles y algunos ingenuos se piensen que estamos todos en el mismo barco y que la riqueza se contagia. Son los voyeurs de la clase media aspiracional.
Por el futuro hotel, la cuidad recibirá la friolera de CERO EUROS. El puerto solo negociará con el puerto a quién se lo tiene que adjudicar. A la empresa adjudicataria, nada que reprocharle, porque va a amoquinar cinco millones de euros, pero hasta el último irá a las arcas del puerto. Ni las gracias van a dar. No solo nos joden el paisaje, sino que les pagamos la ocurrencia.
A estas alturas, no se sabe si hay que ser muy listo o muy tonto para poder entender qué motivos pueda tener el Ayuntamiento para ceder de manera gratuita ese espacio. Por los vecinos no parece que sea. Todas las asociaciones vecinales del Cabanyal-Canyamelar, Grau, Malva-rosa, Natzaret y hasta la Federación se han apuntado al grito en el cielo. Dicen que no solo no aporta, sino que resta, y es complicado llevarles la contraria. Saben de lo que hablan, salen a susto urbanístico cada diez años. De hecho, el consistorio tendrá que hacer mucha pedagogía y gastarse todavía más en publicidad en prensa afín para explicarnos a todos —sobre todo a los que no somos del barrio, que son más difíciles de engañar— porqué Costas, en su día, redujo a 15 pisos la altura de un hotel que iba a ser de escasos 200 metros, y ahora nos tenemos que comer el nuevo hotel con patatas.
Ni rastro de la tasa turística, pero cada vez más coches, cada vez el autobús va a peor, cada vez calles más sucias, cada vez los precios más altos, cada vez más pisos turísticos… y siempre la misma mentira: es por nuestro bien.
En los locos años de Rita Barberá, un hotel de 30 pisos en el puerto era un disparate que sonaba hasta razonable. Hoy es el ejemplo evidente de que el Ayuntamiento va como pollo sin cabeza cuando del futuro de València se trata