11/05/2026
Cada vez escuchamos más discursos que cuestionan la cooperación internacional. Son, muchas veces, los mismos discursos que criminalizan a las personas migrantes, convierten los bulos en argumento político y exaltan el nacionalismo mientras aceptan que el mundo arda lejos de sus fronteras.
Aunque los datos no siempre ocupen portadas ni alimenten el clickbait, algunos son profundamente reveladores. Tom Fletcher, responsable de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios —OCHA—, señalaba recientemente que, según estimaciones citadas por el organismo, la ofensiva de Estados Unidos contra Irán estaría costando alrededor de 2.000 millones de dólares al día. En menos de dos semanas, esa cifra habría superado los 23.000 millones de dólares: precisamente la financiación que Naciones Unidas busca para intentar salvar 87 millones de vidas.
Para algunos no hay dinero para sostener comunidades, garantizar agua, alimentos, medicinas o mecanismos básicos de supervivencia. No hay dinero para prevenir el hambre, el desplazamiento, la desesperanza o la violencia. Pero sí parece haberlo para enterrar poblaciones bajo las bombas.
Tenemos que volver a defender, sin complejos, que otro mundo es posible. Que la imposición no puede sustituir a la cooperación. Que la seguridad no se construye destruyendo territorios, sino garantizando derechos, reduciendo desigualdades y cuidando la vida.
La cooperación internacional no es caridad. Es justicia, responsabilidad y memoria. Es reconocer que muchas sociedades occidentales han construido parte de su bienestar sobre relaciones profundamente desiguales con otros pueblos. Y es asumir que no habrá futuro digno si seguimos respondiendo a las crisis globales con fronteras, abandono y militarización.
Frente al ruido, los bulos y el odio, necesitamos más cooperación, más humanidad y más compromiso con la vida.