23/01/2026
Acompañar -o colaborarte, como me gusta decirlo a mí- como terapeuta psicocorporal no es aplicar una técnica sobre un cuerpo ajeno. Es entrar en relación con una vida que late, con una historia que se expresa en tejidos, gestos, silencios y resistencias.
La ética del acompañar nace ahí: en reconocer que no estoy frente a un “caso”, sino frente a una persona que confía su vulnerabilidad, su ritmo y su verdad encarnada.
Acompañar éticamente es saber esperar. Es escuchar con todo el cuerpo, no solo con la mente entrenada. Es permitir que el proceso se despliegue desde adentro, sin forzarlo, sin colonizarlo con mis saberes, mis tiempos o mis deseos de “curar”.
El cuerpo sabe más de lo que puede decir; mi responsabilidad es crear el espacio donde pueda decirlo a su manera.
La ética psicocorporal es una ética del límite. Del consentimiento vivo, que se renueva momento a momento. De la presencia clara que no invade, que no se apropia, que no confunde intimidad con fusión.
Mis manos, mi voz, mi mirada están al servicio del proceso del otro, no de mis carencias ni de mi necesidad de ser necesaria.
Acompañar es también sostener lo que duele sin anestesiarlo, sin dramatizarlo, sin huir. Es confiar en la inteligencia del organismo, incluso cuando tiembla, cuando se cierra, cuando se defiende.
No todo bloqueo es resistencia; muchas veces es cuidado.
Honrar eso es profundamente ético.
Como terapeuta psicocorporal, presto mi sistema nervioso como co-regulador, no como salvador. Me dejo afectar sin perderme. Me implico sin cargar. Estoy presente sin ocupar el centro.
Esta danza requiere un trabajo constante sobre mí: revisar mis sombras, mis límites, mis puntos ciegos. No hay ética sin autoescucha.
Acompañar es un acto político y amoroso. Es devolver a la persona la soberanía sobre su cuerpo, su sentir y su historia. Es recordar, una y otra vez, que el proceso no me pertenece. Yo no “hago” el cambio: lo acompaño, lo respeto, lo celebro cuando emerge.
Y cuando la sesión termina, la ética continúa. En el silencio, en la confidencialidad, en la humildad de saber que fui testigo de algo sagrado: un cuerpo recuperando, a su manera, la posibilidad de habitarse.
Presencial/online