28/10/2025
Las terapias en contextos naturales, como el hogar y la escuela/instituto, son esenciales para que los menores encuentren sentido a lo que aprenden y puedan aplicarlo en su día a día. En especial en algunos casos que deberían ser innegociables por su impacto. Estas, para que sean verdaderamente efectivas, necesitan coordinación, implicación activa y una mirada conjunta.
Todavía hay desigualdades y barreras: falta de recursos, escasa colaboración entre entornos y familias que no siempre pueden implicarse como quisieran.
La educación inclusiva exige constancia, comunicación y compromiso compartido. Debe ser un cooaprendizaje 100%. Porque el verdadero cambio es en cada espacio donde el niño vive, juega y aprende.
A menudo persiste una visión médica y asistencial de la terapia: “Mi hijo tiene un problema, te lo dejo y tú lo solucionas”, como si se tratara de un síntoma que se cura con una pastilla.
A ello, se suma que hay familias que temen ausentarse del trabajo, incluso con justificante sanitario, por miedo a “fallar al jefe” o perder horas laborales. Cuando es para ganar. También que algunos profesionales del entorno escolar nos perciben como una amenaza y no como equipo, como si desde lo privado llegáramos a fiscalizar su trabajo. Cuando muy lejos de ahí, queremos aunar objetivos, sumar y facilitar herramientas en jornadas cada vez más intensas y complejas.
Desde todos los entornos, nos interesa lo mismo: que se inviertan más recursos en el sistema educativo para aliviar la carga y que todo menor pueda aprender y desarrollarse significativamente.
Las sesiones aisladas no bastan si las pautas no se aplican en los espacios donde surgen los desafíos: la casa, la escuela, el patio, la vida cotidiana. Y aunque actuar así suponga más esfuerzo y dificultad, es necesario. Porque en la educación inclusiva no solo hay que valer: hay que querer cambiar hábitos, creencias y formas de acompañar🌱