21/01/2026
Te veo en los cumpleaños, sentado frente a ese plato de papel lleno de gusanitos naranjas, medias noches y trozos de pastel. Veo cómo tus amigos se lanzan como pirañas, sin pensar, solo masticando y riendo. Y veo cómo tú te quedas quieto.
Sé que no es que yo te lo prohíba. Ojalá fuera tan fácil como que yo fuera la "mala" que te dice no.
La realidad es más dura: es tu propio cerebro el que te grita "¡PELIGRO!" ante una textura nueva.
La gente te mira y piensa "qué niño más caprichoso" o "es que no le han enseñado a comer". Si supieran... Si supieran que para ti, morder ese trozo de fruta blanda puede sentirse igual que para ellos morder una esponja mojada. Si supieran que mezclar dos alimentos en el plato es, en tu cabeza, como si se derrumbara un edificio.
Yo sé que a veces tú quieres querer.
Veo cómo miras la pizza con curiosidad, cómo la acercas a la nariz... y cómo tu sistema de alarmas salta justo antes de que toque tus labios. Veo esa frustración, ese pequeño gesto de apartar el plato, no por rebeldía, sino por pura supervivencia sensorial.
Quiero decirte que te entiendo.
Entiendo que tu seguridad está en lo conocido. En tus galletas de siempre (que tienen que ser de esa marca y no de otra), en tu pasta sin salsa, en lo crujiente, en lo beige. Esa es tu zona de confort en un mundo que a veces es demasiado ruidoso, demasiado brillante y demasiado impredecible.
No te voy a obligar.
Ya he guardado en el cajón los libros de "cómo hacer que tu hijo coma de todo". Ya dejé de escuchar los consejos de la vecina sobre dejarte sin cenar. Eso no funciona contigo, porque tu batalla no es de hambre, es de procesamiento.
Perdona si alguna vez me has visto suspirar. No es decepción contigo, mi amor, nunca es eso. Es el cansancio de querer protegerte y nutrirte, y sentir que tengo las manos atadas. Es el miedo de madre a que te falte algo.
Pero aquí estoy.
Siempre llevaré tu tupper con tu comida segura en el bolso, como un tesoro, a donde quiera que vayamos. No me importa lo que digan los demás. Si para que tú estés tranquilo y feliz tienes que comer lo mismo que ayer, que así sea.
Comer es social, dicen. Pero para nosotros, comer es sentirnos seguros.
Así que tú tranquilo. Mientras el mundo se pelea por el último trozo de tarta, tú y yo nos miramos, tú das un mordisco a tu comida segura, y yo respiro tranquila sabiendo que, a tu manera, estás bien.
Yo te cubro las espaldas, siempre.