07/01/2026
Ojalá el teléfono no sonara nunca.
Sería la música perfecta de los días felices, la confirmación silenciosa de que nadie nos necesita para lo inevitable.
Pero el teléfono suena.
Y cuando lo hace, no trae prisas ni encargos, trae un temblor. Trae una voz que llega rota, como llegan siempre las cosas importantes. Nadie llama a una empresa de servicios funerarios desde la calma. Se llama desde el amor herido, desde la pérdida que no sabe aún pronunciarse.
Ahí empieza todo.
No empieza con protocolos ni con papeles. Empieza con la memoria de lo aprendido, con la historia que nos ha formado para sostener sin invadir, para acompañar sin ruido. Empieza cuando intentamos ponernos en tu lugar, no como un ejercicio profesional, sino como un acto íntimo, hacer el trabajo tal y como nos gustaría que lo hicieran con nosotros.
Entonces cada gesto importa.
La manera de escuchar.
El silencio a tiempo.
La delicadeza de lo pequeño.
Ponemos el corazón porque no sabemos hacerlo de otra forma. Porque en medio de la despedida, lo único que puede salvar algo es la humanidad con la que se atraviesa.
Y aun así —o quizá por eso— gracias.
Gracias a quienes confían en nosotros cuando todo duele.
Gracias por dejarnos estar ahí, en uno de los momentos más frágiles de la vida, cuidando lo que importa cuando ya nada más importa.