09/05/2026
LA MEDITACIÓN Y LA VIDA
Observad como meditamos (igual que hacemos todo en la vida): cogemos algo y dejamos algo. En la respiración cogemos la respiración y rechazamos lo demás (ruidos, pensamientos, todo lo que consideramos una “distracción). Lo mismo ocurre con cualquier otro objeto de meditación: está el objeto (que es lo bueno, lo que queremos, la “buena meditación”) y esta todo lo demás que aparece en la mente (las distracciones). Observad, la separación, la preferencia, la cuña.
En el mundo actuamos igual. Estoy yo y mis cosas que son lo importante. Están mis ideas, mis valores, mis convicciones, que son los buenos y adecuados. Los otros son un peligro: podrían quitarme lo mío, mis cosas. Reaccionamos con miedo ante ellos. Y además están equivocados: tienen otros valores, principios, creencias. Nuestra posición ante ellos es la de convencerlos, cuando no combatirlos. Aquí la separación, la preferencia, la cuña son inmensas.
En la meditación deberíamos observar todo con apreciación, con respeto, con veneración. Todo es la mente. No hace falta generar preferencia, estructurar la cuña. Simplemente hay que seguir la instrucción (mantener la atención en el objeto, considerando que es insustancial, que no es sólido y no se puede agarrar. Y percibiendo simultáneamente la espaciosidad). Y observar cómo funciona la mente: cómo prefiere, cómo se agarra al objeto, como pierde la espaciosidad. Cómo lucha y hace esfuerzo, cómo le atrapa el pensamiento de forma sutil, cómo un sonido o un pensamiento nos desplaza al referente, cómo percibimos objetos mentales fuera y dentro cuando todo está en la mente.
Y en la vida real deberíamos observar a todos los seres como iguales, sin preferencias. Es como cuando la gente se disfraaza en carnaval. Unos van de ángeles bondadosos y otros de monstruos y ellos están convencidos de que son ese disfraz y actúan como tal. Lo que solemos hacer es intentar convencer a los demonios de que se conviertan en ángeles. Y si no le convencemos, les combatimos. Eso perpetúa el carnaval y lo complica aún más. El juego sólo acabará cuando todo el mundo se haga consciente de que va disfrazado, de que es carnaval; y se desprenda del disfraz, sin buscar nada de nadie. Acabará cuando nos hagamos conscientes de la matrix y esta se disuelva espontáneamente.
Por eso las acciones de los sabios son impecables. Saben que para que algo ocurra no basta con realizar la acción, sino que se requieren causas y condiciones. Por eso, no quedan atrapados en la inacción, sino que actúan porque el ser humano está condenado a actuar. Pero cuando actúan no tienen expectativas y nunca fuerzan la acción, porque depende de causas y condiciones. Si el resultado no llega no se decepcionan, sienten que es lo mejor que podía ocurrir. Y si el resultado llega, no sienten orgullo, porque ellos son solo un instrumento, en un mar de causas y condiciones. A esto se le llama “realizar la acción en la no acción, y la no acción en la acción” como dice el Bhagavad-Gita.
Los sabios buscan la cuña en todo: ésa es su guía y su meditación. Y cuando descubren que la han eliminado completamente, saben que todo lo que había que hacer, ha sido hecho. Eso es la cesación.
(Texto: Garcia Campayo J. Practicas semanales)(Vídeo: Ciudadela de Jaca desde la Espadaña)